Crítica: MI AMIGO EL DRAGÓN

18/8/16

EL PERRO VERDE

Por Fer Casals

Lo primero que sorprende de “Mi amigo el Dragón” (Pete’s Dragon, 2016) es su director David Lowery, cuya última película fue la gangsteríl con aspiraciones de profundidad “Ain’t Them Bodies Saints” (2013). Lo segundo es que en esta era de remakes de cuentos clásicos a los que nos viene sometiendo Disney (Alicia en el país de las maravillas, Alicia a través del espejo, Cenicienta, Maléfica, El libro de la Selva y La Bella y la Bestia para el año que viene) “Mi amigo el Dragón” haya resultado una muy buena película.

La película empieza a romper el corazón de entrada, el niño Pete (Oakes Fegley), está en un viaje por la carretera junto a su familia cuando el automóvil que los transporta choca y mata a sus padres y lo deja literalmente sólo en el bosque. Por suerte no pasa mucho tiempo antes de que se haga amigo de “Elliott”, un dragón peludo que también pueden camuflarse de vistas indiscretas.

Los dos vivirán juntos y relativamente felices en la naturaleza durante seis años. Hasta que la encargada forestal Grace (Bryce Dallas Howard, aquí sin tacos), el lumberjack Jack (Wes Bentley) y su hija Natalie (Oona Laurence) descubren a Pete.

El padre de Grace (un otoñal Robert Redford en otra actuación en tono) ha estado contando la historia de un dragón en el bosque durante años, pero no es hasta que Pete afirma haber sobrevivido gracias a la ayuda de “Elliot” que las personas comienzan a tomar en serio la leyenda. Eso incluye el hermano de Jack (Karl Urban), que hace que su objetivo sea capturar a la criatura.

“Mi amigo el Dragón” comparte la misma premisa básica que la película original de 1977, que algunos recordamos vagamente haberla visto en TV. Todas las marcas de Disney están presentes en esta remake: el niño que encuentra la libertad en lo salvaje, los padres muertos (Hola Bambi) y la amistad con los animales que son siempre adorables. En este caso el dragón funciona por sus actitudes y por como está diseñado como un perro, todo su lenguaje corporal es el de una mascota con lo cual la identificación del espectador es instantánea.

Una banda sonora hermosa tanto en el score de Daniel Hart como las canciones con demasiado buen gusto para el standard Disney (Leonard Cohen, The Lumineers, Bonnie “Prince” Billy, St. Vincent) acompañan un narrativa que nunca acelera, ni siquiera en el tercer acto que llega natural y que si bien recorre caminos tradicionales nunca pierde el tono de su núcleo emocional.

En un verano norteamericano de tanques decepcionantes, el dragón peludo es un éxito por mostrar dos cualidades que a veces parecen olvidadas, coherencia narrativa y un poco de corazón.

8.5 de 10

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