Crítica: PEOPLE THAT ARE NOT ME

30/11/16

Por Gus Casals

Intentar representar en la pantalla la alienación que se le adjudica al uso de las ¿nuevas? tecnologías de comunicación no es nuevo, al punto que es todo un cliché de cierto tipo de cine indie o de bajo presupuesto. Hacerlo exitosamente, es otra cosa muy diferente.

No es casual entonces que esta en apariencia pequeña película israelí se haya llevado el máximo galardón en el recién concluido Festival de Cine de Mar del Plata: la joven directora Hadas ben Aroya, que también la escribió y protagoniza, logra capturar de un modo realista pero nunca trivial estos manierismos que ya podemos asociar con toda una generación, los llamados millenials.

Joy transita las mismas cuatro o cinco calles de Tel Aviv todos los días, con sus auriculares de hermoso color pero poca funcionalidad (como bien se lo hacen notar). Se cruza con un amigo, que puede ser un amante casual, o un proyecto de novio, o alguna otra combinación aún no definida. Se cruza con su ex, con quien tiene varios asuntos que desconocemos por resolver. Conoce a unas chicas en un boliche y al día siguiente están compartiendo confidencias.

Recibe a un potencial candidato para compartir su departamento, uno que pasó generosamente los 30 y tiene un trabajo de vieja escuela. Acepta una cita con este mismo chico, donde se aburre y aun así intenta tener sexo. Finalmente recibe una llamada con inquietantes noticias del mismo chico.

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Todo en la vida de Joy tiene un aire de transitoriedad, de cosas a medio hacer, a medio vivir, de pura superficialidad. Todos lo toman como la normalidad absoluta, salvo Oren, el treintañero mencionado más arriba, quien sirve de alguna manera de punto de vista de aquellos fuera del segmento de edad representado, que denuncia como ridícula toda la situación. Pero para Joy y sus relaciones no es ridícula: esta es su situación de vida, esta superficialidad no es vivida como algo buscado sino como algo sufrido y a lo que buscan infructuosamente una alternativa.

Lo que en primera mirada puede parecer un final casi surrealista no es más que la materialización de este deseo que ya no sabe en qué dirección moverse.

El triunfo de ben Aroya es hacer de esto, que podría ser un film depresivo o lleno de ennui, una experiencia iluminante y que no descuida ni el humor ni la necesidad de entretenimiento. En gran parte se debe aparte de sus habilidades como cineasta a su encanto como actriz: Joy sigue resultando encantadora y fácil de querer ver aún cuando está haciendo cosas horribles o al menos discutibles.

Gente que no es yo (el título para nuestro país) no es tal vez lo que uno asocia con película ganadora de festivales, pero es esta veta de verdad que retrata lo que la hace merecedora, tanto de premios como de ser vista.

8 de 10

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