Crítica: Ataúd blanco: El juego diabólico

5/12/16

Por Julieta Pros

Una vez más, la industria nacional apela al cine de terror. En este caso, el director Daniel de la Vega, conocedor del género, regresa a la pantalla grande luego de Hermanos de sangre y Necrofobia, con Ataúd Blanco: El juego diabólico. Sin escapar de los cánones básicos, el film está atravesado por los elementos más característicos de principio a fin: un pueblo aislado, un cementerio casi abandonado, una Iglesia y rituales satánicos

Virginia (Julieta Cardinali) viaja con su hija Rebeca (Fiorela Duranda). Unas llamadas de su ex marido indican que escapa con la niña tras un conflicto matrimonial. En una ruta semi vacía transitan solas hasta tomar un sendero de tierra en el que pinchan un neumático. En el medio de la nada un hombre (Rafael Ferro) aparece para ayudarlas. Su vestimenta sospechosa y su actitud dan indicios de lo que será el principio de una sucesión de hechos indeseables.

El argumento que sostiene la historia se debilita con el correr de la película y el hecho de que los niños sean las víctimas de un ritual de sacrificios puede herir la sensibilidad del espectador. Cardinali, Eleonora Wexler y Verónica Intile deberán enfrentarse para salvar la vida de su hijo o hija a través de un juego macabro dirigido por los secuestradores que consiste en encontrar un ataúd blanco.

Las situaciones extremas están bien realizadas y se sostienen con la actuación de sus protagonistas: Cardinali claustrofóbica, encerrada en un ataúd, es una escena acertada. Los personajes son adecuados y la sangre está bien distribuida, con motosierras y todo tipo de armas filosas para los fanáticos del gore, aunque los efectos no sean de lo mejor. Sin dudas, un film con un argumento que podría ser polémico, pero sin salir de lo convencional de su género.

5 de 10

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