Crítica: UN MONSTRUO VIENE A VERME

13/1/16

Por Natacha Mell

Cuando nos preguntamos por la vida, lo real y la posibilidad de que la imaginación sea también realidad, aparece un film como Un monstruo viene a verme, que nos cuenta la historia de un niño, ya preadolescente, que transita los duros momentos de la enfermedad de su madre, mientras el mundo a su alrededor lo va provocando, y sus sueños y creaciones lo enfrentan a lo inevitable.

Esta película coproducida entre España y Estados Unidos, está basada en la novela homónima de Patrick Ness, quien es también el autor del guión. En ella conviven lo real y lo fantástico, mixturándose hasta no saber cuál es la frontera que los divide.

El director Juan Antonio Bayona logra crear una atmósfera en la que la fantasía se despliega entremezclada con la realidad, para lo cual cuenta con la actuación excelente del niño Lewis Mac Dougall, pieza fundamental del relato, sumado a la bellísima animación que utiliza la técnica de la pintura en acuarela, que se despega totalmente de las tradicionales películas de dibujos animados, y unos efectos buenísimos que construyen al Monstruo, al que da carnadura Liam Neeson. También son impecables las actuaciones de Felicity Jones, como la madre y de Sigourney Weaver, como la abuela. Tampoco podría dejar de nombrar a Geraldine Chaplin, como la docente, en un pequeño papel.

Párrafo aparte merece la construcción de las imágenes que transmiten la interioridad de los personajes, con una cámara que va cambiando de inestable a prolija según las situaciones, contribuyendo a dar sentido.

Esta conmovedora historia nos enfrenta con miedos muy humanos y con la necesidad de reconstruirnos a cada paso aceptando y rebelándonos con lo que nos interpela. Para ver con pañuelos cerca, y no perdérsela.

10 de 10

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