Crítica: STRAVAGANZA, sin reglas para el amor

 

24/1/16

Por Valeria Massimino

Regresó Stravaganza a la calle corrientes, con un “nuevo” show, en el teatro Broadway.


¿Qué intenta en esta oportunidad contarnos Stravaganza con este “nuevo” espectáculo? A ver… La historia, de narrativa elemental, sigue a un poeta (Felipe Colombo) que busca inspiración para escribir, proceso que lo llevará a descubrir algo acerca de si mismo, con la ayuda de una musa (Nacha Guevara).

El tono grandilocuente de las interpretaciones de Colombo y Guevara, sumado a los diálogos y lugares comunes en los que la obra cae, hacen de Stravaganza, sin reglas para el amor un ejercicio amateur de escritura, en el contexto de una producción profesional.

Finalmente Colombo crea a Malena (Eleonora Cassano) quien representa la lealtad. Floreal (Sebastián Acosta) la ternura, y Astor (Leonardo Luizaga), la pasión. Esto sería un triángulo del que surgirán muchas “emociones” y maneras de amar. Ya que no hay reglas en el amor (wow, qué frase).

La incoherencia estética de la puesta en escena, junto a las imágenes de malos trabajos de photoshop, proyectadas en pantalla, son acompañadas en el mal gusto general de la propuesta por la incongruencia de cada cuadro, donde el folclore, la danza árabe y el baile de revista, conviven con el tango y la música electrónica. La biblia y el calefón.

Nacha Guevara canta varias (muchas, demasiadas) canciones con arreglos que combinan mal violines con baterías electrónicas. Guevara es pura desmesura, exactamente lo contrario a lo que una musa debiera transmitir.
¿Hablemos del guión? ¿Qué guión, por cierto? Poblado de frases hechas, lanzadas al vacío y sin sentimiento. Porque amor no es formar una palabra y listo. Contar una historia de amor tiene que emocionar de manera sincera. No se puede tratar de conmocionar con una historia naif, que parece ser contada por un chico de 12 años.

Podemos decir que no hay guión, solo hay una idea, vaga, muy vaga y simple, sin coherencia, son episodios volátiles que tratan de unirse, por casi dos horas, para contar algo, y solo para justificar los cuadros musicales. Los bailarines no tienen la culpa, todos son muy buenos, hacen su cuadro coreográfico con pasión (que es lo mismo que ver ShowMatch).

Por supuesto que Nacha Guevara y Eleonora Cassano son las estrellas, y dan lo mejor de ellas, lo esperable, lo que se desea ver sobre las tablas. Pasa el tiempo, y ellas siguen con cierto brillo que cautiva a un público, tal vez nostálgico.
Se aprecia en las alturas la elasticidad, por parte de Gisella Bernal, con la realización de algunos trucos arriesgados, junto a los acróbatas, es la que más se juega en el espectáculo. Y también es correcta la performance de Mariela “La Chipi” Anchipi, estilizada y delicada.

Stravaganza, sin reglas para el amor es un concepto muy pobre y trillado, que busca compensar su falta de originalidad e imaginación con una producción escénica costosa. Flavio Mendoza apuesta al elenco, a las figuras para sostener ese show (que nada tiene que ver con el teatro). De igual manera Flavio cae bien, tiene carisma (él, que no está sobre el escenario, podría ser extrañado) Tiene buenas intenciones, pero no subestimemos al público, ¿o sí? Tal vez esto es lo que el público desea, sorprendentemente muchos ovacionaron algunos cuadros del show…

Al final, todo resulta una ensalada desmedida de jaulas, trucos circenses elementales, luces de colores, arneses, trajes y vestidos más cercanos a una comparsa de carnaval que a la conceptualización de un vestuario. Un Bailando por un sueño sin Tinelli pero con la misma escasez artística.



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