Crítica: SEPULTURA “Machine Messiah”

1/2/17

Por Fer Casals

Nadie pensaría que Sepultura podría hacer la carrera que hizo y desde Brasil convertirse en la banda sudamericana más popular del mundo. Pero sucedió, Sepultura dejó una marca indeleble en el metal primero con Arise de 1991 y luego con Chaos A.D. de 1993. Luego se hundió en los reinos inexplorados de la experimentación con Roots de 1996, una orgía de thrash, groove, nu metal y hardcore cargada de percusión brasileña e intercalada con grabaciones en la selva con los indígenas de la tribu Xavante de Brasil. Sorpresivamente, y con la popularidad de la banda en su tope, el guitarrista, voz y frontman Max Cavalera simplemente se fue. En los 20 años desde entonces, Cavalera ha permanecido en la escena replicando interminablemente esas mezclas de raíces, sabores “exóticos” y riffs brutales del nu-metal con sus nuevas bandas Soulfly y Cavalera Conspiracy. Mientras tanto, Sepultura -que consiguió mantener al tremendo baterista y hermano de Max, Igor Cavalera durante otros 10 años- nunca descansó en su búsqueda de nuevos sonidos.

La salida de Max Cavalera fue un golpe del que Sepultura se recuperó, tal vez la ausencia de Igor podría golpearla definitivamente. Pero en los dos últimos álbumes de Sepultura, la silla de la batería fue ocupada por el competente Eloy Casagrande, quien encaja perfectamente con la impronta única y oscilante de Sepultura. Lo que no se puede reemplazar -y esto lo puede atestiguar cualquier fan de la banda- es la ausencia de la química intangible de Igor Cavalera con su hermano y a la vez con el guitarrista Andreas Kisser.

Machine Messiah olvida el pasado más thrashero y death de Sepultura y bordea la linea más convencional del metal actual, más cerca de -digamos- Gojira. La banda ha cambiado a ritmos más lentos e incorporado melodías en sus discos anteriores, pero esta vez, la variedad suena más convincente que exploratoria.

El instrumental “Iceberg Dances”, por ejemplo, comienza con un riff de thrash-core antes de transformarse en un ejercicio de trituración de guitarra. La canción va para adelante sin rumbo fijo, con una sección de órganos muy Deep Purple. Diversión asegurada, “Iceberg Dances” debería ser una maravilla de ver en vivo. En “Phantom Self”, un conjunto de violín teje una escala tunecina a través de un ritmo brasileño. Irónicamente, Machine Messiah demuestra que Sepultura no necesita tanta búsqueda de sonidos nuevos para aplastar y contentar a los fans. En “I Am the Enemy”, la banda suena vitalmente hardcore. Mientras que el riff simplista y serpenteante de “Resistance Parasites” podría haber sido compuesto por el mismísimo Max.

Al igual que en su disco anterior The Mediator Between Head and Hands Must Be the Heart de 2013, las letras de Machine Messiah lamentan el acelerado ritmo de la innovación tecnológica y las muchas amenazas que plantea. Cuando el vocalista Derrick Green canta “You are human!” al final de “I Am the Enemy”, muestra el peso de una súplica aunque esté gritando. Cabe destacar que Green entrega su performance más texturada hasta la fecha, extendiendo su arsenal de ladridos, gritos y gruñidos para alcanzar alturas melódicas dignas de los clásicos del género. A lo largo de gran parte de Machine Messiah, la ansiedad de la banda es palpable. A medida que nos acercamos rápidamente al punto en el que las máquinas podrían usurparnos, es refrescante escuchar a Sepultura implorar que retengamos nuestra humanidad a toda costa.

8 de 10


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