Crítica: QUE SEA VERANO

22/5/17

Por Guadalupe Farina

Ni bien se entra a la sala de Espacio Sísmico, la música de “Vuela vuela” y las mallas fluo de las dos actrices que juegan a seducir desde el banco de un vestuario de club dejan bien en claro al espectador que se embarcará en un viaje en el túnel del tiempo hacia los años ’90. La escenografía minimalista y las acciones de los actores sitúan rápidamente la historia en una pileta. Pero lo rico de Que sea verano no es la historia en sí, sino el cómo está contada.

El cuentito es simple: un grupo de adolescentes sufren, se enamoran, descubren su sexualidad y se se aman y se odian en el club donde pasan el verano. Nada que ninguno de los que están entre el público no hayan hecho alguna vez. No obstante, el relato, si bien tiene un comienzo-nudo-desenlace, se va estructurando a través de distintas escenas que por su ritmo y por la entrada y salida de los personajes remiten a la lógica del sketch. El sketch: uno de los géneros televisivos por antonomasia de los ’90. ¿Casualidad?

Por otra parte, la dirección de Maria Emilia Ladogana (de ella es también la dramaturgia) optó por arriesgarse a la construcción de los personajes a partir del estereotipo. Así encontramos a la linda, a la amiga gorda y desventurada con el sexo opuesto, al winner con las chicas, al perdedor con un claro sesgo de idiotez, a la comehombres y a la que porque no le gustan los chicos es tildada de lesbiana. La elección de ese camino es más que acertada ya que es uno de los elementos que desencadenan el humor. El elenco, absolutamente parejo en cuanto a calidad interpretativa, logra ponerse a la altura de las circunstancias y montarse en esos estereotipos que plantean un código de actuación distanciado del realismo liso y llano.

La fragmentación del discurso en algunas escenas, que permite cambiar el punto de vista de un personaje a otro, y la construcción del espacio son otros grandes aciertos de la puesta. Gracias a un dispositivo escenográfico luminoso y a las acciones físicas de los actores, el espacio se transforma de una pileta a una habitación, a un boliche y a una fiesta de 15.

En definitiva, Que sea verano cumple con su cometido: entretener, divertir y generar añoranza e identificación en aquellos jóvenes de entonces, hoy cercanos a los 40, que ven representados en la escena fragmentos de un tiempo ya lejano (o no).

Que sea verano se presenta los viernes a las 23 horas en Espacio Sísmico (Lavalleja 960-CABA).

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