Crítica: LA BESTIA INVISIBLE

19/7/17


Por Natacha Mell


¿Qué miedos llevamos dentro? ¿Qué es lo que no queremos, ni podemos muchas veces, expresar y nos carcome la vida? ¿Qué recuerdos nos marcan? Dentro de esta línea, por medio de una creación colectiva, se fue gestando esta obra con elementos existencialistas.

“Acá estamos todos. Siendo esto que somos. A veces hay certezas que nos llegan en forma de sueño y a ella le pasó muchas veces (Emmanuelle Cardon). A otra le parece horroroso ser quien es… mira como desde el fondo de un pozo y no se le ocurre nada más (Marian Veyra). También hay un chico que tiene grabada en el hueco de su mano la palma de su abuelo (Julián Ponce Campos) y una chica que tiene al suyo en un cuaderno (Lucía Szlak). ¿Alguien se imaginó a sus abuelas y abuelos siendo niños? Ella sí, los ve andando huérfanos por las calles devastadas por la guerra (Florencia Halbide). Está el que afirma no saber que hace acá, él mismo se recuerda a un cuento que leyó de chico (Nahuel Saa) y la que descubre que a veces no somos lo que parecemos y se ve reflejada en una lagartija (Paola Lusardi); otro que era buenísimo haciendo las vueltas de carnero en el colegio (Germán Leza) y la que piensa que olvidar sin querer es como estar a punto de desaparecer (Loló Muñoz)… y el último que sabe, y que se atreve a confesar que no sabemos cómo terminar (Pipo Manzioni)”, nos introduce el programa que nos dan antes de entrar a ver la obra.

Con textos de los jóvenes nombrados, que a su vez son los actores de la pieza teatral, y dirigidos por una de ellos, Nayla Pose, se va desplegando ante nosotros un mundo de fantasmas y recuerdos, apoyados por un trabajo lumínico experimental muy interesante. Desde celulares, veladores, hasta linternas, pasando por luces de colores cambiantes, que más que iluminar ocultan y generan climas, y sombras de fondo que sugieren atemorizantes imágenes, sirven para la puesta en escena minimalista que se propone. Cada actor expone y se expone, solo pero acompañado, en esta búsqueda de interioridades. Hablándose a sí mismo y, casi sin mediaciones, al público asistente, proponiéndole entrar en el juego.

El lugar, escenario de la obra, no es convencional, es una gran sala, donde se aprovechan los pocos elementos de la misma, paredes blancas y una divisoria de puertas con vidrios, y se agregan poquísimos objetos, un mesa, sillas, micrófonos, un cuaderno, una carta… todo ello suma a la construcción despojada que permite la introspección a la que nos invitan a sumarnos.

La apuesta es fuerte y queda librada a la comunicación del actor con los espectadores, a su poder de transferencia. Y esto es logrado en mayor o menor medida por cada uno de los jóvenes. Dentro del elenco se destacan fundamentalmente Germán Leza, y Paola Lusardi, conmovedores y muy humanos.

La obra está realizada en coproducción con el teatro El Brío, espacio de investigación teatral, y se pone en escena los sábados a las 22 horas.


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