Crítica: ICHO CRUZ


2/8/17


Por Guadalupe Farina


Dos primos: el que se quedó en el pueblo y formó pareja con su novia de siempre y el que emigró a la ciudad buscando el porvenir que podía darle una carrera universitaria. Esos son los personajes que interpretan Julián Marcove y Nicolás Baldone en la primera obra escrita por Candelaria Sesín, Icho Cruz.

Con una buena calidad interpretativa, que se va haciendo más fuerte a medida que avanza la historia, los dos actores sostienen una trama difusa, que se escapa todo el tiempo y que recién se afirma en los minutos finales. El cuento es sencillo: los dos primos se reúnen en el patio de la casa de la abuela, donde pasaban los veranos de su infancia, con el objeto de comer un asado. La casa está prácticamente en un estado de abandono ya que, como la Nonna ya no viaja más hasta allí, se niega a dar la llave a sus descendientes y prefiere dejar que el tiempo haga lo suyo con la propiedad. Pero los jóvenes no encuentran sentido en esa decisión absurda y están dispuestos a desafiar la autoridad y compartir el uso de la vivienda con todos los primos. Ese es el principal conflicto, que se menciona al pasar durante varios momentos de la obra, pero que recién se expone abiertamente al final.

En el mientras tanto, los dos chicos recordarán el pasado e iniciarán un tren de confesiones: la soledad del personaje de Marcove, su amor oculto por una vecina del pueblo, la enfermedad psiquiátrica de su madre, por un lado; y por otro, todos los miedos del personaje de Baldone ante la reciente noticia de su pronta paternidad.

Eso es todo: una charla costumbrista en donde parece no suceder nada. Toma ahí -por un momento- preponderancia el conflicto consigo mismo que se le genera al futuro padre. No obstante, el conflicto central, el más fuerte, el que tiene que ver con la propiedad de la casa se pierde. Y no es que esté subyacente, como podría ser en una obra chejoviana, sino que desaparece a los ojos del espectador porque también desaparece por completo de lo que pasa en escena. Si bien se menciona la casa, se lo hace al pasar, sin darle valor. El texto se vuelve errante. Los conflictos son mencionados y no transitados.

Más allá de la dramaturgia, la puesta de Sesín es destacable por la conjunción que logra la iluminación, el diseño sonoro y la escenografía, que transportan con facilidad a la tranquilidad pueblerina de la que quiere dar cuenta en su texto. Lo hace a partir del clima otoñal que generan las luces en tonos ocres y de la ubicación en espacio que provocan los efectos sonoros de pájaros y agua de río, que están en un segundo plano prácticamente durante todo el desarrollo de la escena. Una mesa, dos troncos que son sillas, la parrilla y las hojas secas son todos los elementos escenográficos, y no hace falta nada más. Con eso solo, la localidad de Icho Cruz (o cualquier otra del interior) se hace presente. De la misma manera, y gracias a la relación que entablan los actores entre sí, aflora también la hermandad que se da en un encuentro de dos adultos que, allá lejos y hace tiempo, compartieron la infancia.


Icho Cruz se puede ver todos los viernes a las 23 hs. en Beckett Teatro (Guardia Vieja 3556 – CABA)

Ficha técnica
Dramaturgia: Candelaria Sesín
Actores: Nicolás Balcone, Julián Marcove
Vestuario y Escenografía: Paola Delgado
Iluminación: Adrian Grimozzi y Candelaria Sesín
Diseño gráfico: Lara Olarieta
Asistencia de dirección: Julia Borobio
Prensa: Carolina Alfonso
Producción: Elis Danoviz
Colaboración en dramaturgia: Nicolás Balcone y Julián Marcove
Dirección: Candelaria Sesín


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