Edith Piaf: la miseria, la gloria y la vida en rosa

Por Guadalupe Farina

La popular cantante y actriz francesa vivió una vida signada por la pobreza, el desamparo, la depresión y las drogas

“Mi vida de niña puede parecer espantosa, pero era hermosa… Pasé hambre… Pasé frío… Pero era libre…. Libre de no levantarme… De no acostarme… De emborracharme… De soñar… De esperar” recordaría una ya famosa Edith Piaf en una entrevista que le hicieron cuando ya la niñez era cosa del pasado y la hora final se acercaba.

Apasionada por la sangre latina que corría por sus venas, el Gorrión de París había soñado con la fama cuando cantaba por monedas en los parques, había esperado amores, había pasado noches enteras sin acostarse o acostándose sin dar vueltas con aquellos hombres que le gustaban, había amanecido borracha y sin conciencia, había conocido el esplendor y el ocaso y de nuevo el esplendor cuando la muerte la encontró en 1963. Paradójicamente y contrariando a su canción, la vida no había sido rosa para ella.

Su infancia parece extraída de una vieja telenovela o de aquellos cuentos de Charles Dickens donde los niños no hacen más que sufrir. Su padre, un acróbata de circo alcohólico y decadente dejó a su madre poco tiempo antes de que ésta diera a luz. Ella, Annetta, una cantante ambulante empezó a sentir los dolores de parto mientras estaba sola y, aunque se esforzó, no alcanzó a llegar al hospital. Así que Edith Giovanna Gassion –tal su verdadero nombre- vio la luz en la calle, en la puerta del número 72 de la rue de Belleville el 19 de diciembre de 1915. Un policía que daba vueltas por ahí ayudó a su madre sin saber que estaba trayendo al mundo a la cantante más popular de toda la historia de Francia.
Lo que siguió después fue miseria. Sólo miseria. Annetta no tenía un peso para mantener a su hija y la pequeña se convertía en una carga para que ella pudiera cantar y ganar unos pesos. Por eso, con dolor, decidió entregarla a su madre que, semianalfabeta, le daba una vez al día una mamadera llena de vino porque decía que de esa manera se eliminaban los microbios. Pero la mujer se cansó rápido de la niña y se la entregó al padre, que había aparecido de nuevo por poco tiempo ya que se había enrolado en el ejército para luchar en la Primera Guerra Mundial. Así fue como a Edith terminó criándola su abuela paterna, dueña de un prostíbulo en Normandía. Las prostitutas de la casa la adoptaron como a una hija.
Cuando el padre volvió del frente al finalizar la Guerra, la llevó consigo al circo y luego se dedicaron los dos, junto con la media hermana de Edith, a cantar en la calle por unas monedas. Igual que lo hiciera su madre. Afortunadamente había logrado superar una ceguera transitoria que una meningitis le provocó a los cuatro años. Según las abuelas había sido un verdadero milagro. Pero la meningitis la seguiría persiguiendo y le asestaría otro gran golpe en su vida.
A los 14 años se alejó del padre y fue a vivir sola a una pensión de hotel. Seguía cantando en la calle y en algunos cabarets tugurientos. A los 16 y soltera quedó embarazada de su única hija a la que bautizó como Marcelle, pero cuando apenas había cumplido dos años de vida la meningitis se la arrancó. Su pequeña hija era lo único que Edith tenía en el mundo. Deprimida se sobrepuso a la tragedia apelando al alcohol, igual que lo hicieran sus padres.
Era 1937 y seguía cantando en la calle. Flaquísima por el hambre y demacrada por el dolor parecía todavía más pequeña de lo que era (apenas medía 1.47 metros). No obstante, al cantar, su potente voz de mezzosoprano la hacía parecer enorme. Entonces, en una avenida parisina, la encontró Louis Lepleé. El hombre, empresario, quedó encantado con la voz de la muchacha, y la contrató para cantar en el cabaret Gerny’s, uno de los más importantes de la París de entonces. Él, como un pigmalión, le enseñó los secretos del oficio y la bautizó como Môme Piaf que significa “pequeño gorrión”. Había nacido una estrella.

La gloria y el ocaso

La fama de la Piaf creció rápidamente. Ese mismo año debutó en el music hall del teatro ABC de París. Firmó un contrato para grabar un disco, ampliamente distribuido por la radio, y los franceses empezaron a adorarla. Pero su suerte volvería a cambiar cuando su mentor Louis Lepleé fue encontrado asesinado en su departamento. Las sospechas sobre el crimen apuntaron todas contra ella y sobrevino entonces su decadencia. La prensa la denostó, lo mismo que la elite cultural parisina y no le quedó entonces más remedio que, para sobrevivir, volver a cantar en los viejos cabarets y tugurios de antes. Pero ya había conocido el éxito y volver al barro de donde salió no sería nada fácil. Fue entonces cuando empezó una etapa de grandes excesos con el alcohol, las drogas y los hombres. Vivía drogada y así iba a cantar. En uno de esos cabarets de mala muerte y en ese estado, conoció al letrista Raymond Asso, quien no sólo se convirtió en su amante sino que la sacó de ese mundo, llevándola de nuevo a los grandes escenarios y a sonar en las radios con canciones como “Les amants de Paris”, “Je ne regrette rien”, entre otras. Comenzó a ganar buenas sumas de dinero. Eran ya finales de los años 30 y la Segunda Guerra Mundial y la ocupación alemana se acercaban. Fue por ese entonces que cambió su seudónimo de la Môme Piaf por el de Edith Piaf. Comenzó a cantar canciones con doble sentido incitando a la resistencia, como “Tu es partout”, donde se refería a la traición de un amante, y también protegió a muchos artistas judíos perseguidos por los alemanes.
Durante los 40 incursionó en el cine, además del teatro. “Montmartre-sur-Seine” de Georges Lacombe fue una de sus películas más exitosas de esos años. En 1944 conoció a Yves Montand en el Moulin Rouge y vivió con él un fogoso romance. Juntos hicieron algunas películas y en 1946, durante una gira, se separaron. Pero antes, en 1945, producto de la felicidad que estaba viviendo escribió la canción que haría resonar su voz en todo el mundo: “La vie en rose”.

El amor y la tragedia

Durante una gira por Estados Unidos, en 1948, conoció a quien sería el gran amor de su vida: el boxeador argelino Marcel Cerdan. Si bien ya muchos hombres habían sido objeto de su pasión y lo serían luego, ninguno la marcaría tanto como el africano. Se habían conocido en 1945 en un cabaret, pero fue recién en 1948 cuando iniciaron el romance, no sin grandes escándalos dado que el boxeador estaba casado y tenía tres hijos. Edith no podía separarse de él. Por eso, cuando por primera vez Cerdan perdió una pelea, la prensa especializada y los fanáticos acusaron a la Piaf de haberle traído mala suerte. No obstante, meses después obtuvo el campeonato mundial de los pesos medios.
Sin embargo, esa historia de amor duró apenas un año. Un avión estrellado en las islas Azores se encargó de ponerle fin. Marcel viajaba por el mundo, y Edith lo extrañaba. Él subió a ese avión porque ella le pidió que por favor fuera a verla. Pero el avión se cayó en el Atlántico y junto con la pérdida de su amor la cantante empezó de nuevo a perder su cordura. La morfina volvió a ser su aliada para intentar olvidar el dolor e inclusive intentó suicidarse. Es que no podía sacarse la culpa de la cabeza: si ella no le hubiera escrito, él nunca hubiera viajado. Luego, en honor a su memoria, escribió la canción “Hymne à l’amour”.
Como sea, la pequeña mujer no tuvo suerte en las cuestiones del corazón. Abandonada muchas veces e incluso golpeada por alguna de sus parejas declaró una vez en una entrevista: “En lo que a mí respecta, el amor significa lucha, grandes mentiras y un par de bofetadas en la cara”.
Entre los hombres que pasaron por su vida se encuentran Jean Louis Jaubert, el actor John Garfield, Marlon Brando, Georges Moustaki y Charles Aznavour. En 1952 se casó con el cantante Jacques Pills, pero se divorció cuatro años después. No obstante, influenciada por él en 1953 realizó un tratamiento de desintoxicación para dejar las drogas. Y lo logró hasta que en 1958 tuvo un accidente automovilístico con Moustaki en el que se rompió unas cuantas costillas y volvió a depender de la morfina. Pero mientras estuvo libre de medicamentos alcanzó la fama mundial con una serie de conciertos en el Carnegie Hall de Nueva York.
Corría 1959 cuando se desmayó en un escenario de esa ciudad. Los médicos comenzaron a investigarla pensando que sería alguna consecuencia del accidente que había sufrido un tiempo antes. Pero lo que encontraron era algo mucho peor: tenía un cáncer hepático y no había nada para hacer.
Volvió a Francia y dio una serie de conciertos en el teatro Olimpya de París, que estaba a punto de desaparecer. Gracias a sus actuaciones el teatro consiguió el dinero para evitar su venta. Pero el Gorrión de París se iba apagando de a poco. En 1962 se casó con un joven cantante 20 años menor que ella, Theo Sarapo. Grabaron canciones a dúo y él la cuidó en el último tiempo de su enfermedad.
En los primeros meses de 1963 grabó su último tema “L’Homme de Berlin”. Hacía tiempo que se había recluido. No quería que sus fans vieran a la mujer que había conquistado no sólo a Francia sino al mundo entero, a la mujer que había escandalizado con sus acciones, en un estado terminal.
Más diminuta que nunca, cansada, sin fuerzas, su corazón golpeado no resistió más. El 11 de octubre de 1963 murió al lado de Sarapo. Quiso la casualidad que exactamente ese mismo día muriera también el cineasta Jean Cocteau, su amigo del alma, de un ataque cardíaco. “Es el barco que se termina de hundir. Es mi última jornada sobre esta tierra”, alcanzó a decir el hombre unas horas antes de su propio final, quebrado y con el corazón a punto de estallar por el dolor que la muerte de su amiga le ocasionaba, y agregó: “Jamás conocí a un ser menos económico de su alma. No la gastaba, ella lo prodigaba, echaba el oro para engalonar las ventanas”.
Y por eso, porque en cada actuación entregó el alma, 40 mil personas siguieron el cortejo fúnebre hasta el cementerio de Père Lachaise, donde ya descansaban su padre y su pequeña hija. No hubo ninguna exequia religiosa en su entierro. El Vaticano las negó porque adujo que “vivía en público pecado” y que era “un ídolo de la felicidad prefabricada”. Sin embargo la chica que cantó en la calle, que fue abandonada por su familia, que soñó con la fama, que la alcanzó, que conoció la locura, las drogas y la miseria más profunda pero así y todo hizo su carrera desde abajo, se fue de este mundo dejando el legado de su voz a toda una generación que cantó sus canciones y se ocupó de hacerla conocer a las generaciones siguientes.

“Quiero hacer que la gente llore, incluso cuando no entiendan mis palabras”, había dicho una vez. Lo logró.

Ilustración: Fer Casals

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