Crítica: AL FINAL DEL TÚNEL

Por Ezequiel Tozzi

La coproducción argentino-española hace su gran debut en toda Latinoamérica con grandes expectativas. La película protagonizada por Leonardo Sbaraglia y Pablo Echarri se perfila como uno de los mejores estrenos del año y promete no decepcionar a los amantes del suspenso.

Si bien el director Rodrigo Grande en la conferencia de prensa se refirió al primer boceto del guión como “duro de matar en silla de ruedas”, lo cierto es que el filme es más un híbrido entre “La ventana indiscreta” de Alfred Hitchcock y Nueve Reinas de Bielinsky.

Contiene todos los elementos clásicos del suspenso con ese agregado de “viveza porteña” que tanto nos gusta ver plasmado en la gran pantalla. Ese “chamuyo local” que nos enloqueció en Nueve Reinas y que ningún otro cine es capaz de imitar (la versión norteamericana es pésima).

Sbaraglia interpreta con su típica genialidad a Joaquín, un hombre en silla de ruedas que descubre que una banda de ladrones, liderada por el psicótico personaje de Echarri, está excavando un túnel debajo de su casa para robar un banco. Decidido a estafarlos, planea una infalible estrategia para robarles una parte del botín, pero los cálculos siempre se olvidan de algo: la suerte y el amor.

Las actuaciones de los protagonistas son impecables y la española Clara Lago no deja percibir ni una pizca de su acento castizo. Echarri encarna naturalmente a un villano que pende entre la locura, la genialidad y el sadismo, mientras que Sbaraglia despliega un trabajo físico impresionante al desplazarse continuamente sin usar las piernas.

Sin duda, es una película que dará mucho que hablar y que, junto con Kóblic, generará nuevos adeptos al cine nacional.

10 de 10

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