Por Matías Vitali
Finalmente se estrena la séptima entrega de la explotada saga Scream. Un filme entretenido, que cumple, es coherente con su legado y logra justificar su existencia, pero que vuelve a decepcionar —una vez más— en su tramo final.
En esta oportunidad, volvemos a tener como protagonista a Neve Campbell, y la historia sigue la vida familiar y profesional de Sidney Prescott años después de los últimos acontecimientos. Todo cambia cuando aparece una nueva oleada de asesinatos de Ghostface y, sobre todo, cuando Sidney descubre que su hija es el nuevo objetivo del asesino.
Aunque la estructura del guion de cada película de Scream casi nunca varía, esta nueva entrega maneja con inteligencia sus previsibilidades para que la anticipación no juegue tan en contra. El primer acto está muy bien ejecutado y atrapa desde la secuencia inicial, que administra con eficacia la tensión. Hacia el segundo acto, en cambio, la inclusión de algunos personajes de entregas anteriores hace que el interés decaiga lentamente, aunque ciertas secuencias de persecución logran sostener el pulso narrativo.
Lo que no tiene salvación es el último tramo de la cinta, que (como ya viene sucediendo en la saga) se debilita por completo en el sobreexplicado momento de la “revelación”. Scream siempre defrauda en este punto: hace tiempo que no encuentra un contexto dramático ni motivaciones lúcidas y verosímiles para sus asesinos. Pero en esta película, además, molesta y enoja, porque desperdicia una gran oportunidad de cerrar a la altura de lo que construyó durante una hora y media. La tensión está muy bien manejada y se plantean posibilidades tan peligrosas como dramáticamente sustanciosas (abordando temas como la inteligencia artificial, la posverdad y las tecnologías) que, cuando llega ese momento autoparodiado de “la conversación” final con el asesino desenmascarado, todo se desmorona. Esas páginas finales, una vez más, ponen en ridículo a cualquier actuación: un buen actor termina pareciendo el peor frente a esos diálogos.
En cualquier otra entrega de la saga, el espectador suspende su credulidad y lo perdona porque “así es siempre Scream”. Pero cuando esta séptima película tenía todas las potencialidades para convertirse en la mejor de las últimas seis, el resultado es especialmente frustrante. Es increíble, pero pareciera que cada acto fue escrito por guionistas distintos. Las últimas escenas dan la sensación de haber sido escritas por un estudiante primerizo. Si la saga quiere sobrevivir a un eventual octavo episodio, debería considerar seriamente contratar a alguien que sepa escribir un guion, o al menos mejorar su trabajo de diálogos, para ofrecer por fin unos últimos veinte minutos que no autodestruyan las promesas dramáticas que la propia película formula. Y, sobre todo, que se anime a explorar otras estructuras posibles, sin dejar de ser fiel a ese metalenguaje con el que siempre juega.
El personaje de Courteney Cox reaparece con solidez, pero termina licuado en escenas repetitivas, calcadas de entregas anteriores. El elenco acompaña en general, a excepción de los dos personajes recuperados de las últimas películas, que están en otro registro y resultan francamente insoportables. No se entiende la insistencia en sostenerlos: no fueron personajes memorables, ni particularmente bien construidos o interesantes. ¿Hubo algún focus group que indicara que era una buena idea traerlos de vuelta? Quien verdaderamente sostiene el film, con diversidad de recursos y matices, es Neve Campbell: si no fuera por su inteligencia actoral para defender diálogos forzados, gran parte del edificio narrativo se vendría abajo.
En conclusión, hasta su tramo final Scream 7 entretiene, genera momentos de tensión bastante extremos, algunos saltos de la butaca y ese gore hacia el que la saga se fue inclinando en sus últimas entregas. El fan de Scream probablemente la valore. La película cumple, promete ser la mejor… y aunque decepciona en el cierre, la experiencia, en líneas generales, vale la pena.
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