Por Sergio Héctor Misuraca

» Necesito confesión padre» dice una y otra vez Dante y entonces limpia su conciencia, por cinco minutos, como cualquiera de nosotros cada vez que necesitamos ser perdonados y habilitados a repetir lo mismo.

Así de hipócritas somos y así se nos refriega en la cara.  Parece que llegó el tiempo de hacernos cargo de tantos temas que no es más que el producto de uno solo: la resistencia del patriarcado.

Padre Pedro no sólo es una obra de teatro, es un recorte de realidad que primero nos duele y que después escondemos bajo la alfombra.

Una puesta metafórica, muy bien pensada por el equipo de dirección y producción, nos muestra un ring en el que veremos la lucha de dos hombres que simbolizan la violencia de género y la iglesia, ésta última como representación máxima de la hipocresía de los dogmas y del sistema mismo.

Plantear semejante desafío escénico sin herir susceptibilidades es imposible, porque en esa herida están nuestros prejuicios, nuestro sistema de creencias, nuestros silencios. Todo lo que debemos cuestionar si queremos cambiar el mundo. 

Las actuaciones de Ricardo Torre (Dante) y Jorge Fernández Román (Padre Pedro) son vitales para que este producto funcione tan bien. Ricardo Torre construye un personaje complejo de interpretar donde la humildad, la ingenuidad y la violencia conviven en el mismo cuerpo. Su personaje logra cautivar al público, al punto de provocar una incómoda contradicción de emociones donde la risa, inevitablemente, le da paso a los silencios.

Jorge Fernández Román compone un minucioso e investigado personaje en el que la gestualidad expresa más que las palabras que debe callar hasta el final.

Ambos definen el arquetipo del opresor sin dejar de mostrar sus vulnerabilidades. Así funciona el mecanismo de opresión: un opresor es un oprimido que lejos de liberarse de su opresión, la replica en alguna otra parte. Creo que Augusto Boal podría definir el texto como un caso típico que, lejos de buscar solución, pretende algo mucho más elevado: dejarnos pensando.

En ese sentido, después de la obra, para los que gusten quedarse, se organiza un foro- debate en el que el intercambio de opinión enriquece a actores y espectadores. 

Los interrogantes surgen y confirman que necesitamos más espacios como estos: ¿Es posible la deconstrucción sin entender el camino de construcción de la violencia? ¿Pensamos en resolver o en escondernos? ¿Somos conscientes de lo que avalamos? ¿Queremos cambiar como sociedad o justificarnos?

Mi mente sigue vagando y cada tanto vuelve a la imagen del ring. La advertencia es clara :»No te asombres tanto que, en ese mismo lugar, podemos encontrarnos en cualquier momento…»


Ficha técnico artística
Dramaturgia:
José Ignacio Serralunga
Actúan:
Jorge Fernández Román, Ricardo Torre
Vestuario:
Patricia Ramírez Barahona
Escenografía:
Javier Parada
Iluminación:
Ricardo Sica
Música original:
Lukas Bustamante
Diseño gráfico:
Verónica Martorelli, Valentina Marvaldi
Asistencia general:
Julieta Korenman
Prensa:
Kazeta Prensa
Producción ejecutiva:
Mariana Zarnicki
Dirección:
Matías Gómez

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