TEATRO: Reseña de «AGOTADOS»

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por Matías Vitali

En Agotados, el unipersonal protagonizado y adaptado por Ariel Staltari y dirigido por Pablo Fábregas, el título no funciona solo como una idea temática: es una experiencia física que se contagia al espectador. El cuerpo se transforma en un campo de batalla.

La premisa es tan simple como eficaz. Sam, el protagonista, trabaja en la central de reservas de un restaurante gourmet, recluido en un sótano que parece estar varios escalones por debajo —literal y simbólicamente— del brillo que promete el lugar. Las mesas están siempre completas, las reservas agotadas, y sobre él cae la presión de comensales caprichosos, chefs temperamentales y compañeros de trabajo que orbitan ese pequeño infierno cotidiano. Sam, en realidad, es actor. Paralelamente a su caos laboral, espera respuestas de castings, sueña con otra vida posible y se pregunta, cada vez con más fuerza, cuánto más está dispuesto a aguantar para sostener ese deseo.

Durante casi una hora y media, Staltari interpreta más de cuarenta personajes. El número impresiona, pero lo verdaderamente notable es cómo lo hace. No se trata de una exhibición de destreza vacía, sino de un trabajo minucioso sobre la voz, el cuerpo y, sobre todo, la respiración. Cada personaje tiene una cadencia, una musicalidad, una energía propia. El pasaje entre uno y otro es vertiginoso, casi sin respiro, sin mediación, y aun así el actor nunca parece perder el control del aire ni del ritmo.

El efecto es claro: el agotamiento no se representa, se transmite. La obra logra que el espectador sienta en el cuerpo la asfixia del personaje, la explotación constante y la exigencia de estar siempre disponible. El humor aparece como válvula de escape, pero nunca anula la sensación de presión sostenida que atraviesa toda la función.

Hay detalles que podrían potenciar aún más la propuesta. En algunos momentos, cuando la mirada del actor se mantiene muy baja, producto de la extrema concentración que exige el dispositivo, se pierde parte del trabajo expresivo facial, que cuando aparece potencia notablemente la escena. También desde lo espacial, la puesta podría acompañar con mayor caos visual el desborde interno del personaje, aunque el orden escénico elegido funciona como un contrapunto que contiene y tensiona su derrumbe.

Estos son apenas detalles en comparación con lo contundente que es Agotados. La obra está sostenida por un trabajo actoral de altísima exigencia y, más que nada, de una gran inteligencia técnica y recursiva. Staltari se corre de los registros por los que muchos lo reconocen en la televisión y despliega una paleta de matices que confirma su potencia escénica. Uno sale del teatro cansado, movilizado, siendo reflejo de Sam, con la sensación de haber atravesado una experiencia que no busca complacer, sino interpelar.

Agotados se presenta todos los viernes a las 22:15 en Paseo La Plaza. ¡Muy recomendable!

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