CINE: Crítica de “Julia y el zorro” UNA MUJER PARTIDA EN DOS

Por Maximiliano Curcio

Julia es una actriz que vive en una localidad de Córdoba junto a su hija Emma, en una casa que se cae –literalmente- a pedazos. También se derrumba su ser interior, aun dolido por la muerte de su marido. Esta es la premisa de “Julia y el zorro”, un guión que pertenece a Inés María Barrionuevo. Recordemos que la directora cordobesa debutó con el cortometraje “La quietud” (2012) y se estrenó en el terreno del largometraje con “Atlántida” (2014).

Protagonizada por la brillante Umbra Colombo, el elenco del film se completa con Pablo Limarzi y Victoria Castelo Arzubialde, en sendos roles secundarios que dan vida a una historia ambientada en un pueblo en las sierras (como tantas otras recientes producciones nacionales), dónde el personaje central de Julia busca un necesario renacer personal. Sombría, apática y distante de su entorno, nuestra protagonista intenta construir su presente. También superar su pasado; requerirá para ello reacomodar su fragmentado paisaje interior.

Desde el ascetismo y la frialdad que transmite su comportamiento se perciben las ausencias que marcan su tránsito. La dureza con la que se comunica con su hija (una relación tirante, desencontrada) es, ni más ni menos, que un espejo de su concepción de las relaciones humanas que establece. Hasta que Julia se quiebra de un modo conmovedor, dejando fluir todo ese llanto contenido que también esconde frustraciones, rabias, rencores y recelos. Intentando domesticar un espíritu herido, esta mujer de unos cuarenta años buscará encontrar respuestas a los dilemas existenciales que atraviesa.

Es notable el tratamiento gestual que hay sobre el personaje que interpreta de forma sobresaliente Umbra Colombo. Resulta destacable la manera en que están trabajados lo impulsivo/contenido de sus actos, lo cual denota los ejes de conflicto sobre los que la autora indaga. Como enésimo simbolismo, el personaje de Colombo potencia el sexo (instintivo) como catarsis y se aferra al deseo (tan ambiguo) como salvación. De esta forma, “Julia y el Zorro” se constituyen como un acertado estudio de la naturaleza humana, en el cual las limitaciones que condicionan sus decisiones afectan, no solamente la relación traumática que posee con su hija sino los vínculos amorosos –inestables, procaces y furtivos- que va acumulando.

Explorando el complejo mundo íntimo de su protagonista, con un tratamiento de la puesta en escena estéticamente muy cuidado, se apoya en una lograda fotografía y dirección de arte, prolijidad que se aprecia en todos sus rubros técnicos. Resulta atractivo, también, el tratamiento del lenguaje visual que realiza la directora. Reflejando la soledad del interior de su protagonista, gracias a un uso del encuadre y tamaño de planos acertado, la cámara se sitúa inmersa en un ambiente por momentos nebuloso, intencionalmente alegórico a la sensación introspectiva que caracteriza al personaje.

La dependencia afectiva y las disfuncionalidad en los vínculos, así como la pérdida de libertad individual que nos ata a permanecer en ellos, son ciertos aspectos a los que la directora busca dar preponderancia. Como radiografía de este cuadro interior devastado, la vida de Julia parece una cadena interminable de situaciones que se acumulan, con poca claridad y a la deriva. El metafórico cuento del zorro funciona, a fin de cuentas, como moraleja acerca de los riesgos del amor y una necesaria purificación. Una sutil fábula acerca del trayecto que existe desde la incomodidad hasta la redención, y todo aquello que se pierde en el camino.

7 de 10


Autor entrada: Revista Meta

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