TEATRO: Crítica de «Anita o la tragedia de las partes»

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Por Marcelo Cafferata

Luis Longhi, autor y director de “ANITA o la tragedia de las partes” expresa que “el arte es verdad pero también engaño y el teatro es convención pero también es una trampa que aceptan deliberadamente cada una de las partes. La manipulación, entonces, será parte del asunto”. Y en base a estas declaraciones del propio autor, podemos comenzar a entender su nueva propuesta cuyo personaje central, la Anita del título, desplegará una trama macabra, en la que todos los personajes de alguna manera, quedarán atrapados.

Ana (Maia Francia) con la ayuda de sus amigos Laura (María Viau) y Juan (Sebastián Politino), está tejiendo un plan que desconocemos y por la forma en la que está narrada la obra, se nos irá develando a medida que este juego de cajas chinas comience a desarrollarse.

Justamente por esta falta de información inicial, el relato se enriquece y la obra parece disparar en el espectador diferentes emociones porque si bien se trata de un thriller psicológico, el rompecabezas que propone el autor, irá mostrando diferentes aristas en donde se mezclarán desequilibrio, perversión, amor y locura.

Longhi recurre al efecto sorpresa, a que la dramaturgia vaya dando vuelcos que en cierto modo redefinan las situaciones que fueron planteadas anteriormente, en un juego que en ciertos momentos hace recordar a “Trampa Mortal”, la obra de Ira Levin en la cual cuatro personajes encerrados en un mismo espacio son manipulados en apariencia por un protagonista, para luego ver que eran parte de una red de la que todos, de alguna manera, forman parte y participan ya sea activa o pasivamente.

Cuando muchas veces hablamos de que “menos es más”, podríamos citar a “ANITA, o la tragedia de las partes” como el contraejemplo perfecto en donde Longhi tanto como dramaturgo como en su tarea de puestista, sobrecarga el espacio teatral mediante una enorme acumulación de elementos, en donde por momentos, el texto se resiente y el thriller pierde contundencia.

Desde el espacio escenográfico diseñado por Vanessa Giraldo, se propone un ambiente que sitúa a Ana/Anita en una clase alta. Subrayando esta idea, el departamento en donde vive está lleno de pinturas que luego vemos que dramáticamente no tienen ninguna explicación más que agregar un elemento artísticamente valioso a la propuesta, al que finalmente no se le da ningún sentido dentro de la trama.

Completamente a contrapelo de la fuerza y la velocidad de los movimientos de Ana, que no para de moverse como en un rapto maníaco de su enfermedad, la calma llega de la música que sale de un viejo tocadiscos en donde escucha música clásica. Música clásica + pintura, parecen ser los dos elementos que la propia puesta asume como formadores de un pretendido nivel artístico.

Tampoco el hecho de que se incluya un cuarteto de cuerdas en el escenario (que obviamente engalana la propuesta pero no tiene un sentido concreto dentro de la dramaturgia de la obra) suma, sino que pareciera ser en definitiva un elemento decorativo exquisito, pero decorativo al fin.

Ana finalmente no es ni pintora ni música ni directora de orquesta (aunque quizás en su mente desvariada pretenda de ser alguna de estas cosas) sino que es una científica que en el día en que se desarrolla la obra debía defender su tesis. Cuando habla de este tema, sorpresivamente los personajes refieren a “finalmente decidí no presentarme al examen” “pero cómo? Con todo lo que habías estudiado…!” como si desconociesen por completo como opera el mecanismo de una tesis, pero que nombrándola acumulan otro elemento que daría, supuestamente, un cierto nivel intelectual al marco que propone la obra.

De este modo, se confunde inexplicablemente el fondo con la forma, como si tener muchos cuadros o escuchar música clásica o defender una tesis, nos diese una medida de la posición socialmente elevada que el personaje de Ana pretende mostrar.

Ana/Anita está interpretada por Maia Francia quien vuelve a ser un torbellino en escena. Con momentos de una enorme fragilidad, una psiquis afectada y un personaje en permanente desequilibrio, Francia jamás pierde el hilo de su composición ni de los diversos estados de ánimo por los que debe atravesar.

Obviamente una dirección más precisa hubiese evitado que cayera en ciertos desbordes en los que el texto suena sumamente declamatorio y por sobre todo, establece diferencias sustanciales con el tono de actuación de los otros personajes –sobre todo los masculinos- que quedan ostensiblemente situados en otro plano, distante e insalvable, respecto de la actuación de Francia.

María Viau como su amiga Laura, encuentra un excelente espejo en ella para construir su personaje y logran, juntas, una química potente y acertada.

Viau se permite desplegar su habitual histrionismo (imposible olvidar su excelente trabajo en el unipersonal “Te voy a matar, mamá!”) y construye un personaje dulce y potente a la vez.

Las escenas en las que se presenta esa tensión sexual algo prohibida, algo perversa y que inteligentemente la obra no intenta sobreexplicar, permiten que Viau y Francia construyan, en esa complicidad, los mejores momentos de la obra.

Lamentablemente el elenco masculino no logra estar a tono con estas dos actrices sobresalientes. Sebastián Politino como Juan, el amigo de ambas, tiene momentos acertados y logra transmitir esa incertidumbre que tiene al espectador en vilo.

Pero el papel de la pareja de Ana, Hugo, que es de fundamental importancia dentro del planteo de la obra, en manos de Pablo Sorensen, no logra en ningún momento la credibilidad y la fuerza que su personaje necesita.Tampoco logra la química necesaria con el personaje de Ana, que además, está presentado en un registro completamente diferente y hace casi insalvable la diferencia que se presenta en las escenas en las que ambos interactúan.

ANITA, o la tragedia de las partes” se basa en una buena idea, logra climas realmente inquietantes pero su mayor traspié es haber intentado una puesta demasiado sobrecargada para una historia que hubiese ganado contundencia desde lo íntimo y lo emocional sin tantos elementos adicionales que ejercen un efecto distractivo más que sumar a la tensión de la trama.


ANITA, o la tragedia de las partes

Dramaturgia y dirección: Luis Longhi
Elenco: Maia FRANCIA, María VIAU, Pablo SORENSEN y Sebastian POLITINO
Músicos en escena: Esteban FIORONI, Valter IZZO, Luz MERLO, Nicolás MUÑOZ
Dirección musical: Juan Ignacio LOPEZ
Vestuario y Escenografía: Vanessa GIRALDO
Diseño de Luces: Sebastián IRIGO

EL TINGLADO – Mario Bravo 948 – Sábados 18.00 hs

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