Por Lucas Manuel Rodríguez

En una línea que podría considerarse emparentada con los trabajos de Paul Greengrass, en particular, Vuelo 93 (2006) y Capitán Phillips (2013), por el modo de narrar un evento verídico al estilo de Duro de matar (1988) sin el protagonismo del auténtico “one army man” heróico, Hotel Mumbai – El Atentado se concentra en los acontecimientos que desembocaron paulatinamente en la toma del Hotel Taj Mahal Palace la noche del 26 de noviembre de 2008 en Bombay, India, por parte de quienes eventualmente fueron identificados mediáticamente como el grupo islámico los Muyahidines del Decán.

Esta película está dirigida por el debutante australiano Anthony Maras –director de tres cortometrajes de temáticas similares: Thriller, crimen, drama-, y protagonizada por figuras reconocidas en Hollywood como Armie Hammer, Jason Isaacs, Nazanin Boniadi, Tilda Cobham-Hervey, y Dev Patel, quien es a la vez productor ejecutivo. El argumento en este caso también se basa en los testimonios registrados en el documental Surviving Mumbai (2009) de Victoria Midwinter Pitt.

Apenas van apareciendo los protagonistas en pantalla aprendemos de a poco sobre la autoctonía de la locación y la diversidad de perfiles deseados en la adquisición de clientes del Hotel, con particular énfasis en quienes mejor pagan y satisfaciendo sus gustos por más lujuriosos que fueran. Esto procede, y se mantiene hasta el final, con el uso de diálogos simplificados –en buen sentido-, actuaciones creíbles, una edición fluída, y una ambientación radiante con la banda sonora del pianista alemán Volker Bertelmann y la paleta de color dorado en su fotografía. Representando esta última un alejamiento artístico y estético con respecto a la puesta de cámaras –“realista”- del ya mencionado Greengrass.

Todo lo anterior expresa buena versatilidad de la mano de un realizador que ocupa por primera vez el puesto de director general en un largometraje, pero tanto él como su co-guionista –John Collee- rozan con un tópico que obligatoriamente tuvieron que domar, que es brindarles humanidad y bagaje emocional a sus antagonistas terroristas para así esquivar la elaboración de mensajes panfletarios, belicistas, y codificadores. Este aspecto, aunque logrado incluso con escenas violentas –hilvanando entre lo que vemos explícitamente y lo que sucede fuera de campo- y momentos de humor dosificado, casi que termina por sentirse un tanto estereotipado en su género fílmico de thriller biográfico. No es que abuse demonizándolos, ni mucho menos que exceda sentimentalismos; solo que, cuando el punto de vista de la película está tan fijado en la necesidad de escape de los rehenes y en nuestro compromiso imperativo con ellos, es poco lo que se saborea del esfuerzo por hacer que nos conmuevan los Muyahidines del Decán y a la larga terminan por reducirse a un obstáculo que solo deseamos que sea superado por los otros personajes.

Habiendo señalado esos elementos, Maras resulta ser un narrador eficiente y prolijo que –a partir de este primer gran paso- con mucha disposición puede volver a abordar una película de esta índole. También expresa competencia para llevar a cabo una producción más propia del género de acción: en el mejor de los casos, manteniendo un presupuesto modesto –similar al de este caso- y operando con efectos más prácticos que digitales.

8 de 10


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