CINE: Crítica de "Secretos de Estado"

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Por Marcelo Cafferata


Hace unas pocas semanas se estrenó “Reporte Clasificado” con Adam Driver, Annette Bening y Jon Ham, un sólido drama basado en hechos reales en torno a una investigación propulsada desde el senado, sobre los casos en los que la CIA aplicó violentos mecanismos de tortura en hechos posteriores a los ataques del 11 de Septiembre.

Si bien su historia, las implicancias del tema que develaba y el elenco hacían que el producto funcionase a la perfección, pasó por la cartelera sin pena ni gloria, quizás por su excesivo localismo en la temática que proponía. Un filme difícil de seguir en cuanto a que sobreabundan las explicaciones y los diálogos para poder ponernos a tono con la normativa vigente, los vericuetos internos y con todos los sucesos acontecidos, los que hacen que por momentos se torne sumamente discursiva –aún sin perder la tensión y el ritmo que logra sostener-, demasiado enciclopédica.

Con “Secretos de Estado” sucede algo sumamente similar. También estamos en presencia del típico producto de estudio, basado en hechos reales que mezcla los elementos necesarios como para que la receta cumpla con su objetivo.

Su director, Gavin Hood, que tiene una zigzagueante carrera tanto en lo que respecta a la calidad de sus realizaciones, como en cuanto a los géneros que recorre (su filmografía va desde el filme de suspenso como “El Sospechoso” con Jake Gyllenhall, Meryl Streep y Reese Witherspoon, pasando por “X Men Origenes – Wolverine” y la futurista “El juego de Ender”), en este caso en particular, cumple con el típico pre-armado para una película de estas características, sin que haya ninguna apuesta a una narrativa novedosa. Ya desde la escena inicial, se la presenta a la protagonista ingresando a un tribunal por un hecho del que ha sido acusada y el guion se apoya en un largo flashback que rebobina la historia al momento inicial y nos irá contando, cronológicamente, cómo se han desarrollado los hechos para llegar nuevamente hasta esta instancia judicial.

Es así como conoceremos a Katherine (Keira Knightley en otro de sus papeles tremendamente desajustados), una traductora del GCHQ –Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno- que intercepta un memorándum en el que las agencias de inteligencia de USA y UK conspiran para justificar una invasión a Irak. Apenas ve ese mail con esa información absolutamente confidencial, decide seguir sus impulsos, sobre lo que marca su conciencia y su ética personal y de alguna manera que se “filtre” esa información para que llegue a la prensa.
Obviamente que esto estará contrapuesto con sus obligaciones laborales y los secretos que debe guardar en su puesto de trabajo: pero ni el tema de su estabilidad laboral, de su carrera y su prestigio e incluso de su propia familia lograrán ponerle un freno a la pulsión que ha sentido de “hacer justicia”.

Como suele suceder en este tipo de propuestas, los actores se ven forzados a recitar textos complejos, extensos párrafos declarativos, y a explicitar explicaciones que son necesarias para que el espectador entienda acabadamente el tema que se está intentando tratar, perdiendo, por momentos, el tiempo narrativo que una película que pretende generar cierta tensión, necesita.

El suceso que enfoca la película no quedará solamente circunscripto a lo que Katherine ha hecho, sino que se ramifica con alguna de sus implicancias, como la persecución a su marido –un kurdo cuya situación legal corre serio peligro a partir de este hecho- o la discusión a nivel legal para encontrar una posible salida a un situación que muchos ven con horror y una afrenta a la Patria, pero otros toman verdaderamente como un acto de justicia frente a una invasión absolutamente ilegal, que pretendía ser mundialmente justificada.

Como el abogado de Katherine, el Dr. Ben Emmerson, Ralph Fiennes logra sobresalir de un elenco, que si bien se presenta homogéneo, no cuenta con grandes figuras ni tiene un guion que desarrolle profundamente a los personajes de modo tal que los actores puedan lucirse. Fiennes, en sus breves apariciones, logra sin embargo marcar realmente una diferencia, con un personaje al que le da un tono kafkiano investigando entre los vericuetos legales que pueden llegar a alivianar la pena para Katherine.

Si bien el ritmo de “SECRETOS DE ESTADO” se sostiene dentro de los cánones de este tipo de realizaciones, el tercer acto donde se desarrollará el juicio se resuelve muy rápidamente y sin que logre despertar un mayor interés en esa instancia. Además, y a pesar de su extensa trayectoria, Keira Knightley parece ser, dentro de esta producción, un serio e imperdonable error de casting.

Sobre todo en la primera parte, la sobreactuación y la gestualidad subrayada de Knightley hacen imposible que se haga creíble el desarrollo de la historia, cuando parece pasearse permanentemente por su oficina con un cartel de “culpable” pegado en la frente.

Algunos trazos interesantes sobre temas de política internacional y un repaso de lo que ha sido la era Blair presentado junto a algún mínimo material de archivo, conforman los momentos más relevantes de un filme que presenta una estructura que no lo despega en absoluto de cualquier buen producto de lo que se presenta en streaming, ya sea por su puesta en escena marcadamente televisiva, la marcas temporales específicamente presentadas y una estructura en el guion que responde al manual de la película basada en hechos reales con el consabido cierre con todos los carteles explicando lo sucedido.

En tiempos de heroínas y justicieras, Katherine Gun podría ser una de las tantas que frecuentan la pantalla, pero es justamente Knightley quien le quita volumen y envergadura a su personaje, achatándolo y empobreciéndolo. Correcta, prolijamente producida, pero no mucho más que eso.

6.5 de 10


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