TEATRO: Crítica de “La niña vergüenza”

Por Marcelo Cafferata

Una mujer vestida con un traje impecable y un vestido rojo impactante, vuelve a entrar a la casa de su niñez en el medio del campo.
Será casi instantáneo, apenas pase la yema de los dedos por los muebles, volverá a conectarse con toda una historia: la suya y la de su madre, y quizás también la línea de mujeres ancestrales de su familia. Esos recuerdos imborrables que ella lleva impresos en el cuerpo, y que, en cierto modo, las incluye a todas y cada una de ellas.

Cada objeto, cada rincón, cada marca de esa casa de niñez, la remonta a su infancia. Una infancia cargada de recuerdos y de a poco, todo lo silenciado, comienza a salir a la luz.

Recorriendo cada uno de los rincones de esa casa que ha sido su refugio, comienza a evocar una historia, marcada desde su nombre -más precisamente desde su falta de nombre-, a esa niñez en donde sencillamente ella ha sido “LA NIÑA VERGÜENZA”.

Una niña sin nombre, que sólo contaba con el apodo que su madre le había puesto: “buñuelo”, como la llamaba amorosamente, con ese giño cómplice entre ellas, como en esos momentos en los que charlaban a solas y compartían un chocolate entre sus diálogos privados.

De esta forma, algo a lo que todavía no se le había puesto palabras, a lo que no se le había encontrado un nombre, comienza a encontrar el espacio propicio para expresarse en este nuevo tiempo.

Una memoria inscripta y grabada en el cuerpo, aquello que estaba silenciado y quedó aferrado en una zona oscura del recuerdo, ahora parece empezar a tener una salida, encontrar una voz para lo que había sido silenciado.

Es imposible hablar de “LA NIÑA VERGÜENZA” sin vincularla con el momento políticamente particular que vive la sociedad respecto de los abusos que siempre fueron acallados.

Por sólo mencionar algunos de los movimientos como el #NiUnaMenos o el #MeToo – que encontró repercusión también en su versión vernácula con el MiraComoNosPonemos- han instalado, además de todos los colectivos que trabajan incansablemente en ese sentido, una nueva mirada como forma de expresión y de búsqueda de un cambio radical en la historia.

Manuela Amosa construye su unipersonal desde una dramaturgia propia y lo notable de la propuesta es que lo elabora sin ningún golpe bajo ni ningún discurso político oportunista sobre el tema. Por el contrario, apela a las sensaciones, a los aromas, a los sabores inscriptos en los recuerdos de la infancia. Esos elementos serán los que le permitan transportarse a ese reencuentro con su pasado y a partir de allí, desanudar una historia dolorosa, que Amosa la transita con su tono dulce y sin estridencias.

El texto que ella ha escrito gana en cada uno de los detalles y en la narración que parte desde esa mirada de niña desde la que nos convoca.

Es aquella niña la que hoy nos cuenta con detalles lo vivido en esa casa, y lo va develando de una forma paulatina, nos va sumergiendo delicadamente en lo sucedido en esa casa de campo.

Si bien “LA NIÑA VERGÜENZA” cuenta una historia dolorosa y violenta, claramente traumática, la dramaturgia escapa de todos los arquetipos y los lugares comunes.

No sólo el texto aborda el tema desde un lugar poético y sin ningún tipo de subrayados, de sobreexplicaciones, sino que además la puesta de Tamara Kiper, le facilita y la induce a Amosa a jugar delicadamente con todos los elementos que va encontrando en esa casa. De esta forma, una olla, una vaso o un plato se traducen en espacios, lugares o personajes que multiplican la potencia de lo que se cuenta y el clima de cuento que prevalece en la historia.

En los muebles, en el granero, en una mesa, en los utensilios casi abandonados de esa cocina de campo, Manuela Amosa y Tamara Kiper encuentran un micromundo ideal para expresar lo que quieren contar.
La puesta realza un lenguaje diferente a todo lo conocido y es así como encuentra una expresión creativa, diferente y sobre todo liviana y profunda a la vez, para volver sobre un tema sobre el que ya se contaron diversas historias.

“Y yo, y mi hija, y la hija de mi hija y todas las mujeres que vendrán irán desprendiéndose de los dedos de hombre que quedaron allí atrapados.”
Así Amosa a través de su personaje, sienta precedentes de poder instalar un tema tan doloroso, con un texto lleno de poesía y alejado de todo dramatismo. Kiper desde la dirección, por su parte, le imprime una magia particular para abordar ese pasado tan presente y que el dolor comience a encontrar una voz para expresarse.


LA NIÑA VERGÜENZA
Actriz: Manuel AMOSA
Vestuario y asistencia de dirección: Cinthia GUERRA Diseño de luces: Adrián GRIMOZZI
Dramaturgia: Manuela AMOSA Dirección: Tamara KIPER
Teatro TIMBRE 4 / Sala BOEDO – México 3554 – Sábados 20.30 hs.

Autor entrada: Revista Meta

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