CINE: Crítica de "La Luz del Fin del Mundo"

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Por Lucas Manuel Rodriguez

La Carretera, una vez más.

Con el título original Light of my Life, sin representar necesariamente lo dicho por Jack Torrance mientras intenta arrebatarle el bate de béisbol a su esposa Wendy, y a casi una década después de haber realizado su falso documental sobre y protagonizado por Joaquin Phoenix y él mismo, Casey Affleck se postula como guionista, director, co-productor y protagonista de este film post-apocalíptico, en el cual solo las mujeres murieron continuamente de causas naturales y conocer al menos a una parecería ser una imposibilidad absoluta.
Para la suerte del personaje del mismo Affleck (conocido únicamente como “papá”), cuenta con un constante acompañamiento; para su infortunio, se trata de su hija pre-adolescente, Rag (Anna Pniowsky), la única mujer que vemos viva en toda la película y, por lo tanto, la protagonista más propensa a ser anhelada e interceptada por cada hombre que ambos encuentren en su camino. Es por esto a Rag se le niega el uso de ropa de niñas y todo rasgo apariencia física que aluda a esto.
Es inevitable la comparación con el film La Carretera, protagonizada por Viggo Mortensen, basado en la novela homónima que le otorgó el Premio Pulitzer a Cormac McCarthy (Sin Lugar para los débiles), particularmente por la paleta de colores y la figura del padre acompañado por su única descendencia en un mundo abandonado, en el cual la mayor de las amenazas es el encuentro con otros sobrevivientes.
El trabajo de Affleck resalta por cómo suele resolver claves narrativas con planos fijos casi en su totalidad, acompañado de iluminaciones que, a la percepción del espectador, se sienten puramente naturales, con una notable incorporación de claroscuros que jamás pierden elegancia y precisión. Por casos, sin ser específicos, cada ambientación, ya sea en un bosque, una cabaña, una granja o en paisajes, potencia a su manera el destacado usufructo óptico. Aunque por momentos surge la contrariedad de excederlos temporalmente con poca sentencia argumental, o al menos en apariencia, como sucede con el plano cenital en la carpa del principio; la historia que le relata el padre a Rag cobrará validez conforme avance la trama, pero los minutos que dura se vuelven eternos y no termina de satisfacer narrativamente a la fábula.
Esto se hermana con la notoriedad de circunstancias propias de confrontaciones éticas y morales –puestas en plática literalmente-, ejecutadas no solo con momentos de elevada tensión y necesidad de urgencia, sino también puestas en escenas en el desarrollo del vínculo entre padre e hija en algún que otro instante más ameno, como lo es el intento de acercamiento a una primera conversación sobre temas sexuales.
Por el momento, le pesará la comparación con la laureada novela de McCarthy, por parte de sus lectores simpatizantes. Novela que dispone de un manejo extraordinario a la hora de acoplar narración en primera y tercera persona con líneas de diálogo, recurso que desafía constantemente al lector, pero que fue descartado completamente en la adaptación encabezada por Mortensen. Esa misma que recuperaba pocos atributos de su referente literario y que, paradójicamente, es la principal semejanza visual con el film de Casey Affleck.

7 de 10

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