Luces, reflejos y tormentas

Por Lucas Manuel Rodriguez

Las películas de Martin Scorsese escasamente se basan en guiones que nacen con fines cinematográficos: son, casi en su totalidad, adaptaciones de novelas que pudieron o no tener amplio alcance en públicos masivos. ‘La Isla Siniestra’ está inspirada en el libro homónimo del novelista Dennis Lehane, quien ya para 2010 había sido traducido en cine por Clint Eastwood con ‘Río Místico’ (2003) y Ben Affleck con su debut directoral ‘Desapareció una noche’ (2007), además de contar en su currículum con la autoría de algunos libretos de la serie de HBO ‘The Wire’.

Las obsesiones de Lehane, al momento de articular la obra que nos corresponde recordar, partían de las reacciones, por parte del pueblo estadounidense, que derivaron con el atentado de las Torres Gemelas, principalmente el exacerbado repudio a Saddam Husein y todo habitante aledaño a la República de Irak. El autor norteamericano reconoció, para ese entonces, que este comportamiento no era ninguna novedad de parte de sus compatriotas y que si hubo un período histórico semejante fue en la década de 1950, en pleno auge del macartismo, cuando las medidas del senador Joseph McCarthy resultaron en persecuciones implacables hacia toda persona que expresara una mínima apreciación para y con el comunismo.

El contexto sociopolítico no sería suficiente para la composición del lugar que elaboraría Dennis Lehane, cuya epistemología, como la de todo gran pensador del siglo XX en adelante, estaría atravesada por imágenes, en particular, imágenes en acción. En otras palabras, Lehane también recurrió a referentes cinematográficos para escribir su novela. Fundamentalmente pensó a partir de dos films también basados en novelas, en la fobia por el enemigo internacional y lo gótico como ese pasado que vuelve para poner en tela de juicio todos los valores hegemónicos de una sociedad establecida: tenemos por un lado esa perfecta combinación entre horror y ciencia ficción que es ‘La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos’ (Don Siegel, 1956) y, por el otro, el thriller político -con pinceladas de noir y puesta en escena muy inspirada en ‘Citizen Kane’- ‘El embajador del miedo’ (John Frankenheimer, 1962).

El libro de ‘La Isla Siniestra’ se publicó en 2003, casi como una antesala cultural a los eventos que englobarían esa maniobra de Estados Unidos que siempre conocimos con el nombre de “La Invasión de Irak”. No fue hasta inicios de 2008 que la adaptación cinematográfica de la productora Phoenix Pictures, escrita por Laeta Kalogridis, llegó en manos de Martin Scorsese y Leonardo DiCaprio. Así, en marzo de ese año –en medio de una demoledora huelga de guionistas-, la dupla se comprometió con el rodaje que tomó cuatro meses de filmación en el estado de Massachusetts, para recién estrenarse mundialmente en el primer tercio de 2010.

Si a estas alturas nunca vieron el film dirigido por Scorsese, les sugerimos, lectores, que abandonen este espacio y reanuden al terminar de verla. Hablar de cualquier punto del argumento implica un desarrollo de la puesta en escena y para hablar de ella es necesario superar todo roce con ese fenómeno que conocemos por “spoiler”. La advertencia, por nuestra parte, termina a partir de lo que sigue. Vista ‘La Isla Siniestra’, lo que nos queda es mirarla, prestar atención a la continuidad de los detalles.

La película cuenta con el mismo punto de vista que el del libro: el del protagonista. En su obra, Dennis Lehane se despega de lleno de un recurso muy abordado en literatura por Sir Arthur Conan Doyle, Agatha Christie, Edgar Allan Poe, entre otros. El mismo que, como hemos indicado en nuestra crítica de ‘Los Caballeros’, tiene cabida en el mejor cine de directores como Guy Ritchie. Estamos hablando, por supuesto, de la figura del narrador poco confiable. Lehane –sin inventar la rueda necesariamente, porque nunca está de más recordar la labor de los hermanos Nolan en ‘Memento’- recurre a un narrador para nada confiable y Scorsese no se priva de este factor.

Edward “Teddy” Daniels (Leonardo DiCaprio) es un alguacil del Departamento de Justicia de los Estados Unidos que es enviado a la –ficticia- Isla Shutter (el título original de las dos obras es ‘Shutter Island’), ubicada en el Puerto de Boston, en la Bahía de Massachusetts. El motivo de su estadía, como el de su más reciente compañero Chuck Aule (Mark Ruffalo), es el de investigar la desaparición de la paciente Rachel Solando del Hospital Ashecliffe, una institución mental especializada en criminales.

Teddy Daniels -como pronto descubriremos- no es un enajenado en su trabajo, le admite a Chuck que aceptó el caso por un impulso personal: la posibilidad de atrapar al pirómano Andrew Laeddis, otro paciente de Ashecliffe y principal responsable de la muerte de la esposa del protagonista, Dolores Chanal (Michelle Williams).

En el transcurrir de la película, Daniels perderá el acompañamiento de su colega, percibirá que toda la institución está en contra suya y se opondrá a las actividades que se realizan en el faro de la isla. Según él hay una conspiración, posiblemente movida por alemanes y soviéticos, que se resume en experimentar con los cerebros de las grandes mentes estadounidenses, para que olviden quienes son y así adormecerlos de todo tipo de actividad intelectual, más que profesional.

Es cuando llega al faro que nos enteramos de que nada de esto es cierto. Empezando por la identidad del personaje de DiCaprio, que no es Edward Daniels: es Andrew Laeddis, su némesis y a la vez un anagrama de quien decía ser. Los únicos datos reales son el hecho de que Laeddis es un paciente en Ashecliffe, que trabajaba para el Departamento de Justicia y que su esposa -que sí se llama Dolores- está muerta. Es más él la mató porque ella había ahogado a sus tres hijos. Laeddis inventó el personaje de Daniels porque se niega a ver su error: el haber pasado por alto las tendencias suicidas de su esposa, mientras se dedicaba a ser uno con su trabajo, un enajenado, en su rol como alguacil.

Ahora, ¿cómo pone en escena Scorsese estos elementos? Hay espejos a lo largo del film, pero DiCaprio solo los emplea una vez, que es al inicio de la película. Recordemos, no puede usar el espejo del barco en todo su esplendor porque la marea le produce náuseas… también porque no existe, su llegada épico-cinematográfica a la isla es un producto de su imaginación. Es más, es después de mirarse en ese espejo falso que suelta el dato más sincero en toda su imaginería, esto es: que lo marca la muerte de su esposa y la de otras tres personas. Los espejos reales no los usa porque él no puede reconocerse tal cual es, ni como persona, ni como espectador de su fantasía (el término “espectador” también deriva del latin “speculum”, que es además “espejo”).

‘La Isla Siniestra’ -el film más que el libro- abre un claro diálogo con la numerología y -una de sus más fascinantes expresiones- el tarot. La ley del cuatro es, por demás, la evidente. Hay cuatro nombres que son cuatro anagramas inventados por Laeddis, cada paciente cuenta con cuatro zapatillas de calzado (dos pares por persona), cuatro son los parientes muertos de Laeddis y cuatro son los personajes duplicados (el de DiCaprio, el de Ruffalo, el de la enfermera que se hace pasar por Rachel Solando, y el de la niña misteriosa que se vuelve la auténtica hija de Laeddis).

Sin embargo, hay otro elemento que es puesto simétricamente en la continuidad y no se reduce a un mero decorado. Estamos hablando de la forma de la “X”. Esa que aparece en tres planos cenitales de la película: hay dos puentes que se cruzan, cuando Daniels y su compañero muestran sus placas en el pabellón principal; lo mismo pasa cuando Daniels está solo en el pabellón “C”; y, por último, en las vigas del techo del faro cuando el Dr. John Cawley (Ben Kingsley) toma las fotografías de los hijos de Laeddis para mostrárselas, esta es la “X” ausente de DiCaprio, la que tiene el punto de vista otro personaje que nos mostrará la versión real de los hechos.

Esta forma puede representar el argumento universal de la búsqueda del tesoro porque es lo que Laeddis nos quiere hacer creer a los espectadores en un primer visionado, pero es en realidad un diez en número un romano, o, si queremos, la “X” del tarot. Hablamos de la rueda de la Eternidad. Eventos que se repiten por la lógica del destino, manifestados en un conejo que sube operativamente y un mono que baja movido por el azar. En la rueda hay una figura endemoniada en el medio superior que, aparentemente, conoce los detalles del destino para vivir cíclica y plenamente.

La rueda dispone de una manivela que no se sabe quién la mueve -posiblemente el destino o un emblema divino-, pero ahí tenemos otra alusión a esta película, con la frase del personaje de Ben Kingsley referida a la locura de Laeddis, quien podría representar la posición superior de la rueda, un balance entre lo azaroso y la destreza: “Te reseteas, Andrew. Como una cinta (“tape”, en inglés) que toca lo mismo una y otra vez”. No es menor que esta carta representa también, para lo emocional y lo físico, cambios drásticos en el amor, giros paradigmáticos en el trabajo y recuperaciones extraordinarias en la salud. Le dejamos, en este punto, la libertad al lector para que interprete cómo se refleja esto en el personaje central.

Habíamos destacado a ‘La Invasión…’ y ‘El embajador…’ como referentes y no como citas cinéfilas –de estas hay otras dos, un tanto cifradas, de las que ya nos ocuparemos-. Las dos comparten un núcleo de personajes obnubilados por el concepto –propio del Western, el género más perteneciente al cine porque fue inventado por él- de ser asaltados por forasteros que los obligarán a privarse de toda causa emocional, como la búsqueda personal a Andrew Laeddis que Teddy Daniels teme perder.

‘La Isla Siniestra’ de Martin Scorsese le saca partido a ‘La Invasión…’ de Don Siegel por su costado estético y simbólico. La imagen del faro toma relevancia en este punto. A Daniels le obsesiona conocer lo que esta enigmática torre esconde, cuando en realidad la respuesta a la veracidad de los hechos propiamente dichos venía acompañada por los fósforos que se gastaba en su recorrido por el pabellón “C”. Todas las respuestas a su verdadero ser estaban ahí, a la luz de los fósforos y sus interlocutores de los calabozos. Teddy, en vez de asumir los datos y confrontar a su verdadero enemigo -como sí lo hizo el Dr. Miles J. Bennell (encarnado por Kevin McCarthy, paradójico apellido) en ‘La Invasión’ cuando sus propios fósforos lo iluminaron con las vainas sembradas por los extraterrestres en el sótano de su novia-, los descarta y marcha a perseguir esos espejos de colores que Laeddis le vende en forma de faro.

Este faro tan codiciado que la puesta en escena no para en señalarnos –con mucha sutileza- que no ilumina, al contrario de los fósforos que están presentes hasta en los posters publicitarios de la película. En la primera escena del barco, el capitán nos indica que se acerca una tormenta, vemos el plano general de la isla, pero el faro no opera en su función más básica. Nunca lo hace y en la película las tormentas y las nubes son constantes. De hecho, en el último plano, el faro sí tiene luz, pero es la que recibe del sol, del único día con clima despejado que hay en la película, porque el personaje está iluminado.

El faro de Daniels no es más que un farol de Laeddis, un amague, una provocación de un jugador de póker que no tiene elementos para combatir en una mano que se resuelva por los valores reales de las cartas. Porque sí, volvemos a las cartas, un valor muy estético en el film y no solo por el tarot, también lo es por el póker. Más aún, en los naipes de solitario con los que Raymond Shaw (Laurence Harvey) de ‘El embajador del miedo’ es sometido por hipnosis cada vez que observa a la Reina de Diamantes. En ‘La Isla Siniestra’ Laeddis juega al solitario también, pero en fuera de campo y esto a la vez lo representa su faro/farol.

El plan de Andrew Laeddis queda expuesto ante el más mínimo destello de luz; de ahí su foto sensibilidad y sus desmayos; de ahí la clave del Roderick Usher de Poe, sus ojos no soportan cualquier tipo de luz; de ahí el título original de la obra, “Shutter” en español es el “obturador” de las cámaras fotográficas, aquel que controla el ingreso de luz a la que se exponen las fotos codificadas en la película del dispositivo. La isla es la isla de Laeddis, el obturador que decide qué podemos ver y qué no, qué entra y qué no entra en su película, y cuando recibimos la foto procesada tenemos la infortunada libertad de decidir a qué mirar.

En algún momento mencionamos que este film cuenta con rasgos cinéfilos un tanto cifrados, que no necesariamente se suman a la puesta en escena, pero están y no es menor identificarlos. Son de otras dos películas: ‘Alien – El octavo pasajero’ (Ridley Scott, 1977) y ‘El Resplandor’ (Stanley Kubrick, 1980).

Para hablar de la primera, tenemos que volver al pabellón “C”, justamente en la escena que Scorsese implanta su anti “jumpscare”, cuando DiCaprio y Ruffalo son sorprendidos por un paciente calvo que es presentado por un paneo vertical sin sonido de estruendo. El goteo del agua filtrada y el plano general con el que nos muestran la puerta/reja de la que saldrá el sujeto son claras referencias a una escena muy citada: Cuando Brett (Harry Dean Stanton), en busca del gato Jones, encuentra su destino al confrontar accidentalmente a la criatura del título.

Sobre las referencias de ‘El Resplandor’, es cuestión de recordar el plano general en el que Jack Nicholson se esconde detrás de una columna para recibir a una visita inesperada con un hachazo. De manera simétrica, tenemos el plano general mediante el cual Leonardo DiCaprio se esconde detrás de una piedra para arrebatarle el fusil a un guardia del faro. Los dos aparecen en pantalla de forma idéntica, cuando llegan al punto culmine de su demencia. La diferencia es que Nicholson nos ataca por la derecha y DiCaprio por la izquierda. A esto sumemos que hay pasajes en la banda sonora muy reminiscentes a la de Wendy Carlos. Esto es un acto deliberado por parte de Robbie Robertson de The Band, que se manifiesta más como asesor musical que como compositor. Dejaremos que ustedes descubran voluntariamente cuáles son esas notas melódicas que ‘La Isla Siniestra’ toma prestadas de ‘El Resplandor’.

Algo que hemos omitido hasta ahora es el año en el cuál están ambientados tanto el libro como el film. Precisamente porque se ligan a una trama que está en un segundo plano del relato, aunque no por eso deja de estar presente. El año es 1954, fecha histórica ya que representa el nacimiento de la farma-psicología: a los pacientes se le recetaban drogas por primera vez, con la aprobación del uso de clorpromazina y litio. Por esto Dennis Lehane eligió esa fecha, porque hasta ese entonces solo existían la psicocirugía y la terapia verbal como tratamientos frecuentes.

La psicocirugía, la intervención quirúrgica por lobotomías y neurocirugías eran métodos cristalizados para la medicina psiquiátrica. Más cuando en 1949 el cirujano portugués António Egas Moniz recibió un Premio Nobel por sus prácticas como neurocirujano. No obstante, en 1954 esto fue puesto en jaque. La dualidad psiquiátrica en el film está por fuera del punto de vista central y esto es deliberado. Aunque se percibe con mucha claridad que la metodología del doctor alemán Naehring (Max Von Sydow) es la que se encuentra forzando manotazos de ahogado, mientras que la de Cawley (Kingsley) es la que se opone y afirma que la misma convierte a sus pacientes (siempre los diferencia de “prisioneros”) en seres “razonables y dóciles, o zombis”, que es un juego de azar que hay que descartar mediante la compasión y la escucha.

La resolución del film, en cambio, siembra una duda, ante todo, inquietante a los paradigmas del presente. Cuando, con el método de Cawley, Laeddis vuelve a negarse su propio ser, ¿significa que no hay cura?; ¿hay que volver a los recursos más drásticos, o “medievales” como se los señala despectivamente?; ¿Laeddis vuelve a girar en falso cuando le sugiere al doctor Lester Sheehan (el verdadero Mark Ruffalo) que otra vez se cree Teddy Daniels, justo antes de que Sheehan le ceda a los directivos el inicio de la lobotomía?

Como bien señala el Doctor James Gilligan, el asesor pisquiátrico de la producción, es evidente que la última pregunta que le hace Laeddis a Sheehan -quien se arrepiente tardíamente en el último segundo después de dar la orden al manoseo cerebral del primero- demuestra lo contrario. Ante el “¿Qué sería peor: vivir como un monstruo o morir como un hombre bueno?” (Frase que se filmó, recordemos, justo antes de que diera a luz una muy similar y clave en ‘Batman – El caballero de la noche’), el protagonista le abre paso a –esto lo dice Gilligan- su “suicidio simbólico”. Su semblante del veterano que elevó su reputación en el campo de concentración de Dachau y se convirtió en agente de la Justicia es venido a menos, pero Laeddis asume la responsabilidad de su familia; primero con insensatez y, finalmente, con cordura.

La meta de ‘La Isla Siniestra’ no pasa por tratar de justificar el realismo de la psiquiatría o la complejidad de una mentalidad fragmentada y desdoblada, como la de un Andrew Laeddis que niega su pasado o la de una Dolores Chanal que ve el homicidio a sus hijos como un acto altruista suyo ante las amenazas de un nuevo mundo post-Segunda Guerra Mundial (entiéndase por el emerger de la bomba nuclear y la guerra fría, miedos universales de época que la película solo pone en la voz de los, así diagnosticados, locos). En tiempos de confinamiento, la primera alternativa de Laeddis fue la de ver un espejo, lo que nos toca a nosotros es operar con prudencia y sin imponer una mirada retorcida ante el avistamiento “espectatorial” que este nos ofrece.

*Permitida la reproducción total o parcial del contenido citando la fuente. ©RevistaMeta2020

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