CINE: Crítica de "El Robo del Siglo"

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Por Lucas Manuel Rodriguez

Una tercera posición para el suceso en cuestión

Basada en el hecho ocurrido el viernes 13 de enero de 2006, en la sucursal del Banco Río ubicada en Acassuso (San Isidro), y en ‘Sin armas ni rencores’, de Rodolfo Palacios, libro que compila entrevistas con seis de los involucrados del mismo, ‘El Robo del Siglo’ reúne por primera vez en pantalla grande a Guillermo Francella con Diego Peretti y el director Ariel Winograd en lo que catalogaremos –al menos en este espacio- como un thriller con combinación del cine criminal, melodramático y fantástico, portador, además, de pinceladas y situaciones humorísticas propias de su realizador.

¿Por qué la aclaración? Porque más de un espectador asistirá a su función más cercana a la espera de un film mera y esencialmente cómico, y lo es, en gran medida lo es; si hay reacciones compartidas que se percibirá en más de una sala, esas son las carcajadas. Sin embargo, hay elementos genéricos no tan transitados en la década pasada del cine nacional con los que insistiremos –un poco- a tener en cuenta al momento de procesar la película que nos concierne.

El costado criminal del thriller se percibe en el robo en sí mismo y el embuste del cual fue víctima el –así llamado- Brazo de la Ley para ese entonces; lo melodramático, bueno, ya lo verán en el protagonista que subvierte todas las estrategias operativas de su equipo al finalizar su cometido, y las devalúa a cambio de una vida repleta de azares, bebidas y danzas; y lo fantástico en la figura híbrida, invasora y polar de Fernando Araujo (Peretti), el autor intelectual de todo este episodio.

Desde el primer plano secuencia de la película, advertimos en Araujo un artista plástico, aficionado a la marihuana, que practica artes marciales y a la vez se percata de un vacío vocacional en su vida. Es así como en medio de una noche torrencial, parado en la esquina de un videoclub –gran bálsamo de la desahuciada era analógica- con posters de clásicos hollywoodenses, observa la tapa de la alcantarilla que da de frente con el susodicho banco localizado entre Avenida Del Libertador y Perú. Su semejante ambición de asaltarlo, sin quitar vida alguna, requiere de una infraestructura proporcional, y es así como uno de sus colegas –y eventual cómplice- lo pone en contacto con el auto catalogado ladrón profesional uruguayo Luis Mario Vitette Sellanes (Francella).

Winograd y compañía, para la elaboración del guión de este largometraje, fueron asesorados no solo por los autores del delito –de hecho, Araujo es uno de los coguionistas-, para esclarecerse a ellos mismos la sucesión de hechos que implicaron la antesala, las eventualidades y las circunstancias del hecho mismo; sino que también lo fueron por miembros del Grupo Halcón, para comprender la postura de la agrupación policial desorientada que no supo cómo actuar con eficacia a la hora de ser timados en pleno verano de 2006.

Que haya pasado en realidad es algo anecdótico. Por más intrigante que sea el nivel de sofisticación con el cual Araujo confeccionó su plan –cosa que no es menor en absoluto-, lo que más nos debe importar en la ocasión analizar un film es su ingenio como arte representativo y, por lo tanto, su modo de establecer una toma de posición con respecto a los temas representados, más allá de la presencia de algún elemento que se revele, en apariencia, a modo irónico o paródico.

Como nos señaló Winograd en la cobertura de la última edición de Argentina Comic Con 2019 (Ver AQUÍ ), el principal referente audiovisual para el equipo de producción fue ‘La Captura del Pelham 1-2-3’ (1974). Esto resulta insoslayable en todo el trazo estético y técnico incorporado en todas las escenas que comprenden a la representación del evento propiamente dicho. La misma que, narrativamente y por montaje paralelo, comparte reminiscencias con films como ‘Duro de Matar’ (1988) o ‘Dunkerque’ (2017), con la diferencia de que el “regreso a casa” no se lo explora con el mismo horizonte de fugacidad. En este sentido, quizás se parece más a ‘Máxima Velocidad’ (1994), ya que al consumarse el conflicto -tanto espacial como temporalmente- aun así es necesaria una vuelta de más, un orden de cosas a restablecerse a partir de un intervalo notable.

Sobre lo técnico, no sobra destacar la música de Darío Eskenazi –con rasgos casi imperceptibles del clásico tema de James Bond por Monty Norman, en la secuencia de Araujo bajo la lluvia- y la fotografía de Félix Monti –con claroscuros propios de las primeras obras de Orson Welles y ‘El Tercer Hombre’ de Carol Reed-. Por supuesto que la edición de Pablo Barbieri -´Relatos Salvajes’- siempre tiene gran incidencia en los ritmos particulares de la película, ya sea en el uso de flashbacks o en los cortes transversales –combinados, obviamente, con la labor de Monti-, que conectan al mundo de la alcantarilla con el de la bóveda, y al de las cloacas con el del pavimento. Esos cortes que son merecidamente marca registrada de la puesta en escena de Wes Anderson, quien lo retomó de ‘El Acto en Cuestión’ (1993), de Alejandro Agresti, quien a la vez lo recuperó de ‘El Terror de las Chicas’ (‘The Ladies Man’, 1961), de Jerry Lewis.

Una pequeña digresión para apuntar dos componentes. Por un lado, la selección musical. Tal vez, no siempre resulte acertada, hay instantes en los que puede que lo más adecuado hubiera sido confiar más en las destrezas melódicas del mismo Eskinazi, en vez de recurrir a temas que acompañen a la situación escenificada. Por otro lado, el modo en el que se manifiesta la relación entre Vitette Sellanes y su hija (encarnada por Johanna Francella, mismísima hija del actor) dispone de mayor lucidez en las escenas de comedia que en las de drama. No obstante, ni los temas seleccionados anulan la progresión visual narrativa, ni el balance del vínculo padre-hija bloquea la redención familiar del protagonista. Son contingencias que no dañan la esencia del film.

‘El Robo del Siglo’ es un recordatorio para las grandes productoras y distribuidoras de que, más allá de todo el elenco reconocido –que tiene la capacidad de distinguirse en el rol que se le otorgue, y lo hace-, el cine nacional se mantiene como un potencial hacedor de relatos de género, con el suficiente talento para combatir todo producto audiovisual portador de mensajes directos y de unilateralidad moralista, en vez de cifrados y reservados dentro de una película que, en su base, pueda ser comprendida por todos los públicos.
Es, junto con ‘Vino para robar’, la mejor película de Ariel Winograd. Nuevamente se pone en diálogo con el subgénero de atracos, con protagonistas de moral discutible, pero de ética intachable. Al fin y al cabo, lo bello de este cine, lo paradójico de él es que Francella se devora cada momento de intercambio con los rehenes, y que con un personaje como el de Peretti “te dan ganas de que te roben”.

10 de 10

2 Comentarios

  1. A la gente le molesta que Wino tenga éxito afuera. Y sus peliculas son un exito. Es cierto que Francella cansó

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