CINE: Crítica de “El Vicepresidente, más allá del poder”


Por Guido Rusconi


La biopic es una clase de película difícil de clasificar, dada su necesidad de verosimilitud y fidelidad a los hechos reales, algo que se incrementa cuando la persona retratada aún está viva al momento del estreno. Sin embargo, hay realizadores que buscan salirse un poco del molde y sazonar este tipo de largometrajes con algo de ficción e incertidumbre, dejando al espectador con dudas muy profundas respecto de si lo que está viendo se acerca a la realidad o son secuencias armadas por un guionista con una gran imaginación. En Vice, Adam McKay intenta llevar a cabo esto, con resultados un tanto ambiguos.

Vice cuenta la historia, a lo largo de casi cincuenta años, de Dick Cheney, un verdadero animal político de los Estados Unidos que fue más conocido por ser el vicepresidente de George W. Bush, pero que ya desde el gobierno de Richard Nixon había empezado a tejer una compleja red de relaciones que lo llevarían a ser uno de los funcionarios más poderosos del país, al mismo tiempo que mantenía su característico perfil bajo.

La película dispone de un reparto de actores y actrices de gran trayectoria, entre los que se encuentran Amy Adams, Steve Carell (quien hace una gran labor encarnando al sardónico Donald Rumsfeld) y Sam Rockwell, además de cameos de estrella de la talla de Naomi Watts y Alfred Molina. Pero si hablamos de Vice, debemos hablar de Christian Bale, cuya actuación merece un párrafo aparte. Cuando se anunció que el actor británico iba a interpretar a una persona nacida en Nebraska y considerablemente mayor que él surgieron dudas que con el correr de los primeros trailers no se disiparon. No obstante, la naturaleza camaleónica de Bale como actor hacía que su casting como Cheney no fuera tan descabellado. En términos generales, Bale es eficaz en su papel y se funde en el mismo. Esto es algo positivo, teniendo en cuenta que existía el riesgo que se caricaturizara a Cheney y su entorno, lo cual no sucede a excepción del George W. Bush de Sam Rockwell, que es el personaje que resulta más parodiado y ridiculizado. La intención de McKay (quien también escribió el guión) de dejar a los personajes principales como villanos es clara, por lo que se puede asumir que no simpatiza mucho con el partido Republicano.

Vice entonces explora a su manera los oscuros entresijos de la política norteamericana, y qué mejor que hacerlo que a través de un ejemplo tan paradigmático como el de Cheney, una persona obsesionada con ser un servidor de los más poderosos, lo que lo ayudaría a escalar hasta el punto de ser el vicepresidente con más libertades diplomáticas de la historia. Si bien la película retrata correctamente el lado feo de la política mediante la ironía y el cinismo, también tiene varias debilidades.

En primer lugar, el problema más grande de Vice es que no se termina por decidir en un tono general para contar su historia. Es necesario recordar que Adam McKay es mayormente conocido por dirigir comedias (como ambas Anchorman y Step brothers), por lo que por momentos se siente de ese género pero en otros intenta despertar en el espectador una empatía que pareciera pertenecer más a un drama histórico. La falta de coherencia y fluidez entre ambas facetas desemboca en una confusión respecto de lo que quiere transmitir la película. Esto se acentúa en uno de sus momentos bisagra: los atentados del 11 de septiembre de 2001. En este punto toda comedia parece esfumarse para dar paso a una serie de escenas solemnes y que colocan a Cheney como un funcionario calculador que -como hizo toda su vida- aprovechó la situación para sacar beneficio propio. Por otro lado, tal como sucedió en su trabajo previo The big short, el guión de McKay es difícil de seguir para espectadores no tan familiarizados con los hechos que se ilustran en pantalla, y muchos diálogos entre estos hombres tan poderosos y poco escrupulosos se pierden en una suerte de cháchara sin sentido para aquellos que no son estadounidenses.

Al mismo tiempo, pese a que la caracterización de Cheney sea lo mejor logrado de la película, falla en abordar el núcleo de su psiquis; nunca llegamos al fondo de por qué hace las cosas que hace o qué lo lleva a traicionar, aniquilar y especular en pos de engrosar su fortuna y poder. Quedarse simplemente en la ambición sería reduccionista e insuficiente para justificar las acciones de un hombre tan misterioso.

De esta manera, Adam McKay ofrece una vez más un producto que logra entretener y sacar buenas interpretaciones por parte de todo su elenco, pero que a la vez se cree más astuta de lo que es y se dirige directamente a su audiencia (por medio del metalenguaje) con una actitud desafiante y hasta agresiva. Es posible que de cara a la temporada de premios Vice reciba varias nominaciones a raíz de su temática controversial y la tendencia ideológica de corete liberal (en el sentido que le dan en Hollywood) de la industria, además de por la actuación de Christian Bale, cuya virtud reside en parte en su drástica transformación física. Sin embargo, la película no excede en calidad a cualquier otra biopic, y a pesar de sus intentos de salirse del molde de este subgénero, su ambición -afin a la del protagonista- le termina jugando en contra.

6 de 10


Autor entrada: Revista Meta

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