CINE: Crítica de «MIDSOMMAR»

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Por Guido Rusconi


A mediados del 2018, el nobel director Ari Aster tomó al mundo del cine por sorpresa con su ópera prima Hereditary, película que apostaba fuerte a un género cada día más repetitivo y adicto a sacar provecho de la nostalgia. Sin embargo, tuvo su buena dosis de críticas negativas y cierto desprecio de una crítica que se encontró con algo inesperado. La crudeza poética de ciertas escenas de Hereditary fue para muchos de lo mejor del año, pero sin duda fue una de las obras que más dividió las aguas, sin encontrar consenso tanto en el público general como en el especializado.

Solamente un año después, Aster ofrece su segundo largometraje, con la difícil tarea de sostener aquel revuelo provocado por su película anterior y proponer algo novedoso en el proceso. Midsommar cuenta la historia de Dani, una joven estadounidense quien tras caer en una profunda depresión a causa de una tragedia familiar, viaja a Suecia junto a su novio y sus amigos estudiantes de antropología a una celebración del solsticio de verano en una pequeña comuna a la cual pertenece uno de ellos. Simultáneamente, la relación de Dani con su pareja Christian se encuentra en un momento delicado en el que él quiere terminarla, presionado por sus amigos que le aconsejan que lo haga de una vez, por lo que este viaje intensificará los sentimientos y sensaciones de estos personajes en lo que parecerá un día eterno.

Ya desde un principio, este grupo de norteamericanos siente muy cercana la hospitalidad de los anfitriones, y la luminosidad del día (en un lugar donde nunca anochece) nos da la pauta de que este tipo de celebraciones tradicionales son capaces de sortear todas las barreras culturales. No obstante, durante el transcurso de los casi 150 minutos que componen este film, nos vamos adentrando como extranjeros en un universo del que tanto los personajes como los espectadores no conocen absolutamente nada, y cada tradición que esta comuna sigue al pie de la letra va poniendo en jaque la tolerancia y la capacidad de aceptar la otredad.

Por otro lado, Midsommar es aún más difícil de etiquetar que su antecesora, ya que el mote de película de terror podría resultarle insuficiente (sin desmerecer al género). Es una historia que indaga en tópicos como la culpa, el sentido de pertenencia, y las muchas versiones que podemos encontrar de aquello que llamamos “familia”. La comuna Hårga considera a todos sus miembros como parte de una gran familia, en la que viven todos juntos y son muy estrictos en lo que respecta a los distintos ciclos de la vida, viendo también a la muerte como un paso más a dar luego de cumplido el último de estos ciclos. La frontera cultural que esto implica lleva a los personajes a sentirse totalmente ajenos a lo que sucede, a excepción de Dani que paulatinamente va desarrollando ciertos sentimientos mixtos hacia lo que esta festividad le presenta. La fuerza agreste de la Suecia septentrional es capaz tanto de producirle horror, como una atracción imposible de explicar, similar al efecto que tiene el cine de Aster sobre el espectador.

Uno más de los aspectos a destacar de la película es la sensación de tedio que transmite el hecho de que durante gran parte de la misma no vemos escenas nocturnas en absoluto. Siendo la caída de la noche y la penumbra un elemento tan definitorio del cine de terror o de suspenso, nuestras expectativas se ven subvertidas cuando nos encontramos con la permanente luminosidad del verano europeo. Todo lo tenebroso y lo abyecto se encuentra en este caso enfocado bajo la luz solar y no perdido entre las sombras esperando el momento indicado para atacar. A su vez, en Midsommar, el director norteamericano repite algo que en su película previa comenzó a explorar con resultados muy positivos, que podríamos denominar “gore cuidado”. Es decir, un uso de imágenes gráficas y explícitas de cuerpos mutilados con una sutileza estética envidiable, lejos de lo que podríamos esperar en una obra de un cineasta menos habilidoso. Estas imágenes se insertan en la historia como cimbronazos aislados que caen en el momento justo y eso los hace incluso más relevantes, ya que es evidente que su presencia no es gratuita ni casual.

Si bien es cierto que la temática de cultos y festividades de índole pagana ya ha sido tratada en varias ocasiones anteriormente, al punto de convertirse en un subgénero que iniciaron películas como The wicker man, el nuevo largometraje de Ari Aster da una nueva perspectiva sobre este tópico, donde el miedo reside en la imposibilidad de entender otras culturas y sentirse perdido y sin escapatoria en medio de tierras extrañas. Al mismo tiempo, el joven director ha logrado pulir algunas cuestiones de guión que en Hereditary resultaban apresuradas y arbitrarias para así capitular un producto más maduro, lo que es sin dudas auspicioso para el futuro de su carrera y para el cine en general.

9 de 10


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